Yo ya me masturbaba conscientemente cuando aún las demás niñas pensaban que los bebés venían de París. En mi adolescencia visitaba parques al caer la noche.
A los 15, mi padre me pilló por primera vez con un chico en el sofá de casa. Evidentemente, no tenía que haber vuelto del trabajo tan temprano. Disfrutaba de mi vida de Lolita secreta con unas medias de rejilla bajo unos pantalones vaqueros. La niña rara que dibujaba a todas horas se convertía en animal a media tarde.
Disfrutaba de la cama, adquiriendo todas las experiencias que pudiera entre cabeceros. Pero hasta los 18 no tuve el primer orgasmo que no fuera por mi propia mano. Descubrí un mundo nuevo y siempre quise más. Acumulaba nombres a mi espalda, colores de ojos en las fotografías y besos en la piel. Tuve un chico en cada provincia andaluza.
Luego conocí Madrid y sus bajos fondos. Aprendí a correrme con masturbarme menos de 2 minutos, una y otra vez. Aprendí a ser mujer y a seducir chicos en un minuto de ascensor. Y que era más útil una mirada que un escote, aunque muchos sigan sin creerlo. Aprendí que todos los muebles eran cómodos si sabías de posturas. Ya no me cabían los hombres en las manos.
A los 20 ya me había metido de todo, incluso tu puño. Y seguía queriendo más. A veces pensaba que no era suficiente. Frecuentaba bares y soñaba con camareros hasta que se me acababa la cerveza o la paciencia.
Y fíjate que ahora, aún llevando a cuestas tantos roces, aún me es difícil, hacer el amor.