Esta vez la cita fue en el cine. Un martes, la penúltima sesión de una película que realmente no tenía muy buena pinta. Pero está cerca de mi casa y eso me parece cómodo. La excusa para quedar me da igual. Cuando la película lleva media hora, me pierdo en mis pensamientos. Noto tu hombro contra el mío, es alucinante el calor corporal que desprendes. Menos mal que es invierno. La película parece aburrirte tanto como a mí, me haces cosquillas en la rodilla con los dedos distraídamente.
A cada pequeño rato, subes la mano un poco más, y cuando me doy cuenta noto que las cosquillas hacen un efecto diferente. Ya estás al borde del dobladillo de mi falda, y de vez en cuando lo levantas suavemente en tu movimiento circular de dedos. Mi respiración empieza a agitarse, te miro de reojo y veo en tus labios una leve sonrisa traviesa. Sigues subiendo con el mismo baile de las yemas de tus dedos, que noto ardiendo, casi queman. Vas muy poco a poco y mi mente me hace imaginar todo lo que está por venir y lo desea ya. Pero darme lo que quiero al momento no es tu estilo, te encanta tomarte tu tiempo y eso me hace estar a punto de caramelo siempre que te veo. Me revuelvo en mi asiento y abro un poco más las piernas. Ya casi puedes rozarme las ingles. Pasas un dedo suavemente por encima de mis medias donde mi ropa interior ha calado por completo y me tengo que contener mucho para no gemir en medio de la fila 12. Echo la cabeza hacia atrás y aprieto los labios. Ahora sí estás mirándome fijamente, con esos ojos verdes que se opacan con la excitación. Discretamente me bajo las medias para que puedas seguir con mayor libertad. Juegas un poco con la comisura de mis bragas, y finalmente acaricias mi vulva de arriba a abajo con el pulgar y haces movimientos circulares sobre mi clítoris. Casi siento que levito sobre la butaca, y tenso todos los músculos de mi cara para evitar que escape ningún sonido. Me acerco a tu oído y te propongo:
– Vamos al baño.
Paras de tocarme y me ayudas a quitarme los zapatos para que pueda deshacerme de las medias. Después, te levantas y me ofreces tu mano para que la coja. Noto mi olor en ti. Salimos de la sala en dirección a los baños, rezando para que no haya nadie y estén decentemente limpios. Parece que hemos tenido suerte. Nos metemos en el último cubículo, me das la vuelta contra la puerta, me levantas la falda y lentamente te metes en mí mientras sigues tocándome por delante. Con la otra mano me agarras del pelo y tiras hacia atrás suavemente. Te mueves lento, con cautela para poder oír si alguien entra, pero manteniendo el ritmo. Me giras para que estemos de frente y me besas por todo el cuello, parándote a morder mis clavículas. De repente la puerta principal del baño se abre y alguien entra. Nos quedamos congelados un instante, me tapas la boca con la mano y vuelves a metérmela muy lentamente. Cierro muy fuerte los ojos, concentrándome en no emitir ningún sonido que nos delate. Con la mano que te queda libre, me tocas con los dedos hábiles y rápidos, mientras te hundes en mí todo lo posible y haces movimientos laterales. Estoy a punto y lo sabes. Se vuelve a oír la puerta, la persona se va. En ese instante mi cuerpo libera la ingente cantidad de tensión que llevaba acumulando todo ese rato en una explosión de placer como nunca había sentido.
Había estado tanto tiempo al borde del orgasmo que eso había hecho que la sensación al liberarlo fuera diez veces más potente.