lunes, 16 de enero de 2023

La película

 Esta vez la cita fue en el cine. Un martes, la penúltima sesión de una película que realmente no tenía muy buena pinta. Pero está cerca de mi casa y eso me parece cómodo. La excusa para quedar me da igual. Cuando la película lleva media hora, me pierdo en mis pensamientos. Noto tu hombro contra el mío, es alucinante el calor corporal que desprendes. Menos mal que es invierno. La película parece aburrirte tanto como a mí, me haces cosquillas en la rodilla con los dedos distraídamente. 

A cada pequeño rato, subes la mano un poco más, y cuando me doy cuenta noto que las cosquillas hacen un efecto diferente. Ya estás al borde del dobladillo de mi falda, y de vez en cuando lo levantas suavemente en tu movimiento circular de dedos. Mi respiración empieza a agitarse, te miro de reojo y veo en tus labios una leve sonrisa traviesa. Sigues subiendo con el mismo baile de las yemas de tus dedos, que noto ardiendo, casi queman. Vas muy poco a poco y mi mente me hace imaginar todo lo que está por venir y lo desea ya. Pero darme lo que quiero al momento no es tu estilo, te encanta tomarte tu tiempo y eso me hace estar a punto de caramelo siempre que te veo. Me revuelvo en mi asiento y abro un poco más las piernas. Ya casi puedes rozarme las ingles. Pasas un dedo suavemente por encima de mis medias donde mi ropa interior ha calado por completo y me tengo que contener mucho para no gemir en medio de la fila 12. Echo la cabeza hacia atrás y aprieto los labios. Ahora sí estás mirándome fijamente, con esos ojos verdes que se opacan con la excitación. Discretamente me bajo las medias para que puedas seguir con mayor libertad. Juegas un poco con la comisura de mis bragas, y finalmente acaricias mi vulva de arriba a abajo con el pulgar y haces movimientos circulares sobre mi clítoris. Casi siento que levito sobre la butaca, y tenso todos los músculos de mi cara para evitar que escape ningún sonido. Me acerco a tu oído y te propongo: 

– Vamos al baño. 

Paras de tocarme y me ayudas a quitarme los zapatos para que pueda deshacerme de las medias. Después, te levantas y me ofreces tu mano para que la coja. Noto mi olor en ti. Salimos de la sala en dirección a los baños, rezando para que no haya nadie y estén decentemente limpios. Parece que hemos tenido suerte. Nos metemos en el último cubículo, me das la vuelta contra la puerta, me levantas la falda y lentamente te metes en mí mientras sigues tocándome por delante. Con la otra mano me agarras del pelo y tiras hacia atrás suavemente. Te mueves lento, con cautela para poder oír si alguien entra, pero manteniendo el ritmo. Me giras para que estemos de frente  y me besas por todo el cuello, parándote a morder mis clavículas. De repente la puerta principal del baño se abre y alguien entra. Nos quedamos congelados un instante, me tapas la boca con la mano y vuelves a metérmela muy lentamente. Cierro muy fuerte los ojos, concentrándome en no emitir ningún sonido que nos delate. Con la mano que te queda libre, me tocas con los dedos hábiles y rápidos, mientras te hundes en mí todo lo posible y haces movimientos laterales. Estoy a punto y lo sabes. Se vuelve a oír la puerta, la persona se va. En ese instante mi cuerpo libera la ingente cantidad de tensión que llevaba acumulando todo ese rato en una explosión de placer como nunca había sentido. 

Había estado tanto tiempo al borde del orgasmo que eso había hecho que la sensación al liberarlo fuera diez veces más potente. 

martes, 3 de enero de 2023

A fuego lento

Eres muy tímido, como un animalito al que hay que tratar con movimientos lentos para no asustarlo. Eso me saca de mi zona de confort de la conquista, yo que siempre he abogado por lo directo y la iniciativa. Pero contigo es diferente, todas las señales me indican que te gusto, pero no quiero asustarte con un movimiento brusco. Así que espero paciente una señal más fuerte. Te invito a mi casa, y ponemos una película después de la cena. En el transcurso, te noto acercarte un poquito. A veces apoyas la cabeza en mi hombro. Ponemos la segunda película, una más ligera que nos quite el peso y el mal rollo de la primera, mal elegida. A veces apoyo la cabeza en tu hombro, y dejas caer la tuya encima. Noto tu brazo colocado en una posición poco cómoda, extendido en un lado. Decido extender el mío, y acerco poco a poco mi mano a la tuya a cada rato. Acaba la peli y apenas he conseguido rozarte los dedos. Esta lentitud me tiene en vilo, es una sensación que no conocía, un tipo de paciencia que no tengo entrenada. Ponemos una tercera película, y cuando consigo tocarte mejor, veo que me respondes, atrapando mis dedos entre los tuyos. Me encanta el tatuaje que te cubre la mano. Me acaricias las yemas, y a ratos giro mi cabeza de tu hombro y te rozo la cara con la nariz. Pero nos estamos quedando dormidos y no noto respuesta en tí, ni el ansia del primer beso. Finalmente nos entregamos al sueño, ya son más de las 6 de la mañana. A ratos me despierto, y me recoloco mejor para acercar mi culo a tu entrepierna. Me abrazas, pero nada pasa. Nos despertamos con tu alarma, bien entrada la mañana. Desayunamos un poco de tarta de queso, pero te tienes que ir. Coges tu chaqueta de colores y tus cosas, y te abrigas. De pie en la entrada, pienso que si no te beso ahora, se me escapa la oportunidad. Te despides de mí, me abrazas, y después de ese abrazo me das un beso en el cuello y otro en la mandíbula. Recojo eso como mi señal, y te beso en la boca. Nos besamos un par de minutos. Nos separamos y te quejas por tenerte que ir ahora. Me das un par de besos fugaces y sales de mi casa. Mientras tanto, yo me quedo en casa, encendida y arrepentida de no haberlo hecho antes.

Quedamos un segundo día para dar una vuelta por el centro. Mala idea, demasiada gente. Después de un rato sorteando la marabunta, me propones ir a tu casa. Pensaba que vendríamos a la mía, la tuya está muy lejos, pero acepto porque no quiero ver otra oportunidad desperdiciada. Una vez que llegamos, pedimos una pizza y ponemos (otra vez) una película. Me quedo dormida y me despierto justo para ver el final, mientras que veo que te has quedado en una postura incómoda solo para no despertarme. 

– Te veo agotada, ¿quieres que nos vayamos a la cama?.

– Sí, mejor. ¿Me prestas una camiseta? La que llevo no es muy cómoda para dormir. 

Me das una camiseta que me cubre hasta medio muslo para usar como pijama y me quito los pantalones para quedarme solo con el tanga como parte inferior. Espero que esto sí haga efecto. Nos metemos en la cama, me abrazas y me besas. Me acerco a tí y te noto más excitado cuanto más me pego. Te quitas los pantalones que te acabas de poner hace unos minutos: 

– Me gusta que estemos en igualdad de condiciones – dices mientras me acaricias todo el cuerpo. 

Un rato después estamos los dos por fin desnudos y la cama húmeda de nuestra excitación. Te pones un condón y me la metes. Normalmente no me gusta ir directamente a la penetración, me parece una parte poco divertida y sin mucho misterio, pero llegando tantos días de "quiero y no puedo" lo estaba deseando. Y entraba como un cuchillo caliente en mantequilla. Gimes mucho, eso me gusta porque que hace sentirme muy deseada, erótica y poderosa. Después de follar un rato, me indicas que me tumbe a tu lado. 

– Yo no creo que me corra hoy – me adviertes – me resulta difícil y me dan vergüenza las primeras veces. Pero eso no quiere decir que tú no vayas a disfrutar. ¿Qué puedo hacer? 

Te indico que me masturbes y me gusta bastante más que lo que hemos hecho hasta el momento. Cuando acabo, me tomo un momento para respirar y me dirijo a tu entrepierna con intención de comerte. Me frenas y te excusas, diciéndome que llevas todo el día fuera y que has sudado y blablabla... Me da igual. Te quito el preservativo que aún llevas, te aprieta más de la cuenta y ha dejado un poco de marca. Me la meto en la boca y succiono, con una técnica que me he empeñado en mejorar durante estos meses que llevo soltera. Debe ser que lo estoy haciendo bien, porque gimes mucho y muy alto, intercalando a "Dios" con "joder", llegando a un punto en que parece que vas a romper a llorar. 

– ¿Estás bien? – paro y levanto la vista hacia tu cara, y te veo tapándote con un cojín. 

– Sí, sí. Déjame respirar un rato, que estoy hiperventilando. 

Pauso la actividad y me siento sobre tus piernas. Te acaricio el pecho mientras recobras el aliento y cuando te veo más calmado te pregunto:

 – ¿Quieres que siga?

 – Lo que a tí te apetezca... – me dices de forma sincera.

 – A mí me apetece seguir – te respondo sonriente. 

 – Pues entonces sí – respondes. Luego añades más bajito – Y más si lo haces así...