I
Ella se quedó en aquel bar, repleto minutos antes. Había bailado con él, que devoraba con sus profundos ojos azules la hermosura que salía de cada poro de su tostada tez, cuando se inclinó sobre su oreja y apartándole el cabello le susurró al oído: quédate. Así que allí estaba, sentada en aquel taburete que dejaba a sus pies balancearse en el aire, esperando una cerveza de aquel chico de ojos azules. Ella pensó que había algo adorable en su comportamiento, directo pero sutil, detallista sin ser pegajoso e increíblemente irresistible a pesar de no resultar guapo. Había ido acumulando una serie de situaciones breves pero intensas, en las que lo descubría observándola, con atención pero discreto, mientras ella se colocaba las flores en el pelo, fregaba la cena o leía en la hierba.
Apenas bebieron dos tragos de su cerveza y la impaciencia flotaba en el ambiente, esos minutos mágicos de atracción eléctrica, de tensión no resuelta, comenzaban la cuenta atrás:
Tres. Su cabeza inclinada sobre la de ella.
Dos. Las narices tocándose y el suave roce de los labios a punto de estallar.
Uno. Su mano apretándole fuerte la cintura.
Cero. Explosión de calor en el beso más perfecto que le habían dado nunca.
Los labios fundiéndose, el sabor más puro que pudiesen probar concentrado ahí: en una pista de baile, entre dos personas que apenas saben sus nombres, pero conectados por una chispa incendiada en aquel movimiento. Decidieron irse a casa. Hacía una noche perfecta, pasearon en silencio, pero con las manos enlazadas, sumergidos en aquella marea mágica que los arrastraba hasta lo más profundo, y los adentraba en nuevos recovecos aún por explorar. Se pararon ante aquella casita, se miraron y no les hizo falta hablar para saber que pensaban lo mismo. Salieron por la ventana de la cocina, con los sacos de dormir y las mantas, y los extendieron en aquella colina verde de ese jardín maravilloso, mientras la oscuridad de la noche parecía protegerlos de ojos ajenos.
Se escondieron en aquella balsa de telas, rumbo a los océanos más salvajes y deseados. Él se tumbó sobre ella, dejando caer todo el peso en sus musculosos brazos, mientras sin parar de besarla, le hacía el amor con la mirada. Los astros tiritaban de vergüenza ante esa muestra de lujurias sin pudor. Aquel fuego que nacía de sus gemidos, apagados por la intensidad de la oscura madrugada, aquel calor que emanaba de sus cuerpos llenos de vida y deseo.
Se derramaban entre las sábanas de aquel lecho improvisado donde al llegar la mañana el sol les bañó las caras.