martes, 20 de diciembre de 2022

Lo inesperado

Me miro al espejo y me siento bien con mi cuerpo. Hace un par de días que dejé atrás la incomodidad y la hinchazón de la regla, y comienza esta semana de subidón preovulatorio. 

Observo mi reflejo mientras bailoteo y muevo el culo al ritmo de la música, me siento sexy con esta camiseta nueva que deja ver las tiras cruzadas del sujetador sobre mi pecho. El pelo me cae sobre los laterales de la cara, haciéndome parecer más inocente, mientras que el resto de mi cara, con los ojos afilados en negro dicen lo contrario. 

Estoy contenta y llena de energía sexual después de nuestro inesperado encuentro del fin de semana. Iba sin muchas expectativas, no sabía si ibas a ser demasiado pedante para aguantar varias horas contigo. Y sin embargo me sorprendiste mientras jugábamos a un juego de cartas que pretendía ser picante sin conseguirlo del todo. Aún así me dió contexto para saber por donde podía empezarte. Cuando salimos del local a fumar, me besaste. Ya habías dejado claro que ese era tu deseo, y yo estaba conforme con ello. Me entregué al beso y me agarraste más cerca. Hacía frío en la calle, pero ya no lo notaba casi. Sin embargo sí notaba cómo se quedaban sin espacio tus pantalones, y sentir tu deseo acrecentaba el mío. 

Nos fuimos a mi casa parándonos por el camino a meternos la lengua contra las paredes de la calle Palma. No había prisa, total, el metro ya llevaba un par de horas cerrado. Un Cabify bastante caro después, subimos por mi portal y nos quitamos los abrigos. Nos quedamos en el recibidor besándonos, de pie, como poniendo en contexto nuestros cuerpos, mientras se presentaban y adaptaban el uno al otro. Es difícil cada vez que hay alguien nuevo, borrar todo lo anteriormente aprendido. Y últimamente me pasa mucho. 

Ahora tenemos dos caminos: el salón o el dormitorio. Ambos tienen la luz encendida, invitando a entrar. Decides que vayamos al dormitorio, y como siempre, pienso que tengo sentimientos encontrados: me encanta el espejo gigante frente a mi cama, pero ésta hace un ruido exasperante que distrae del movimiento. Intento no pensar en ello, mientras me tumbas suavemente, como si me fuera a romper, sobre el nórdico púlcramente estirado. Me gusta la dulzura con que estás haciéndolo todo, atento pero sin llegar a cursi.

– ¿Tengo las manos demasiado frías? – me preguntas mientras las apartas de mi cintura al notar mi estremecimiento.

– Para nada, era un escalofrío de placer – respondo, mintiendo un poco. 

Tras esta pequeña pausa, asientes complacido y continúas acariciando mi cuerpo. Te entretienes en las caderas, eso me gusta mucho, y te lo hago notar. Me besas y te tumbas encima de mí, apretando tu sexo contra el mío, oscilando muy suavemente. Me está encantando, y por una vez, me permito disfrutarlo sin apresurarme. Nos desnudamos mútuamente, y dejas al descubierto todos tus tatuajes. Estás más bueno de lo que pensaba en un primer momento, la ropa que llevabas no dejaba verlo bien. 

Te haces de rogar mientras me acaricias acercándote cada vez más a mi vulva, pero sin tocarla. Cuando notas que la excitación ya brota de mí y resbala por mis piernas, me masturbas. Y yo me arqueo, gimo, jadeo y te dejo hacer. Aunque se que aún estoy lejos de correrme, estoy disfrutando muchísimo del camino. 

Me agacho a abrir el segundo cajón de la mesilla para coger un condón y ponértelo. Quiero cabalgarte un rato, mirarte a la cara mientras te deshaces de placer y ver esa expresión de casi éxtasis con que me veneras. Me regalas tu fe por unas horas, acumular esas miradas en mi recuerdo y sentir el poder que se me otorga es una de mis cosas favoritas. 

Me inclino un poco más hacia tí, para besarte mientras te monto. Pongo una mano en tu pecho para equilibrar mi cuerpo tembloroso, vuelvo a incorporarme y sigo moviendo mi cadera. Apoyo la otra mano en la almohada, no quiero dejar caer todo mi peso en tu pecho para no aplastarte. Pero me la coges y la colocas junto a la otra, precisamente lo que quieres es sentirme caer encima tuya, que mis 63 kilos se concentren en tu tórax y te cueste un poco respirar. Jadeas inmerso en el placer y el baile. Seguimos así un rato más, y luego cambiamos de postura. Tras varias otras, me pones a cuatro patas y justo antes de que la metas, te digo:

– Espera, así no. Igual pero al revés. Pongámonos hacia el otro lado, quiero vernos en el espejo. 

Cambiamos nuestra orientación y me follas mientras masturbo mi clítoris con los dedos. Te asisto moviendo mi pelvis en círculos mientras oscilo adelante y atrás. Un rato después, te indico que te tumbes para comértela, y descubro que te encanta cuando muevo mi mano por tu glande. Me pone muchísimo ver tus ojos verdes casi en blanco. Comienzas a masturbarte tú, y yo hago lo mismo conmigo. Veo que estás cerca, y yo también quiero llegar ya. Estoy tan inmersa en mi propio placer que no me doy cuenta de que te corres, porque sigues jadeando para animarme al orgasmo. Y finalmente sucede.

Me desplomo sobre tí y me mancho de tu semen. Tras unos minutos para retomar la respiración, te levantas a buscar algo con lo que limpiarnos los fluídos. Me levanto también y nos limpiamos. Te tengo en frente. Te miro, acalorada, y te acercas a mí. Me das un abrazo cálido, inesperado, como si supieras cuánto lo necesitaba en ese momento. Me pilla de sorpresa y me yergo un poco, pero dos segundos después dejo que tu calor penetre en mí y me derrito en tus brazos, disfrutándolo. 




lunes, 28 de noviembre de 2022

Raso

 Ayer se me ocurrió una idea. Tengo una cinta de raso de un proyecto de costura que me ha sobrado. 

Mañana he quedado contigo, y he pensado que voy a llevar un lazo en la coleta. No por decorar, ni por parecer más mona, sino estratégicamente pensado para poder usarlo si se da el caso. 

El caso es que quiero hacerte de todo. 

Quiero llegar a tu casa, tocar al telefonillo, que me recibas en tu puerta con la ropa de andar por casa y la sonrisa puesta. Que te alegres de verme, y me beses lento. Pasar a tu habitación, a esa mezcla de incienso y tabaco con luz tenue y música que no conozco. Que vuelvas a besarme y aprovechar para empujarte hacia la cama mientras me siento encima tuya. Hoy me he puesto falda para notarte más cerca, por tener mayor amplitud de movimiento en las piernas y porque cae sobre las caderas desde mi cintura, ahora mermada. Me recreo en tus labios, lamiéndolos a poquito, dando algún bocado suave de vez en cuando. Te noto debajo, y oscilo un poco sobre tí, para que te quede constancia. Te fuerzo a tumbarte, y desato mi lazo del pelo mientras me miras con los ojos curiosos y traviesos del que intuye que va a hacer algo prohibido. Hago un nudo que deja dos lazadas a modo de esposas, me sale rápido y fluido, he estado practicándolo en casa. Te ato las muñecas con él, y luego éste al cabecero. Quedas inmovilizado mientras que me sigo frotando contra tí, y me quito la camiseta para dejar al descubierto un sujetador de encaje que deja ver la forma de gotas de agua de mis pechos. Esos pechos que no puedes tocar. Que no te dejo tocar. Sé que eso te frustra y te excita a partes iguales. Te quito los pantalones. Te enseño por debajo de mi falda lo húmeda que estoy, me acaricio un poco y te meto los dedos en la boca para que pruebes lo que aún no podrás tener. Te lamo el torso, la zona alrededor del ombligo, las caderas, las ingles, la cara interior de los muslos. Recorro con la lengua desde el perineo hasta el glande, y me recreo comiéndotela, viéndote sufrir por no poder tocarme, gimiendo atado a tu cama, con las muñecas semi marcadas por la tensión del lazo. Intuyo que estás a punto, y acelero hasta que te corres en mi boca, y al fin me lleno de tí. Libero tus manos, que me acogen y me atraen hacia tí, para abrazarme mientras suspiras. 

Y ahora me toca a mí. 

sábado, 26 de noviembre de 2022

Flashes

Me he comprado pantalones nuevos. La ansiedad me ha dejado con tres tallas menos y vuelve a notarse en mi cadera el hueso que tanto me gusta que me muerdan. A veces lo toco al despertarme, con el estómago vacío es más prominente. Lo toco mientras te pienso y me vienen flashes de la noche del otro día, cuando me apretabas la palma de la mano ahí, sin saber lo mucho que me enciende. 

Tú besándome con urgencia en aquel bar. Tirando de mí con los dedos enganchados a las trabillas de mi pantalón, para que notara tu sangre. 

Tú lamiéndome el cuello en tu portal, buscando a tientas la cerradura de tu piso. 

Tú sentándome en tu cama, agarrándome el cuello con firmeza calculada, mientras yo notaba el frío metal de tus anillos hundiéndose suavemente en mi yugurlar. 

Tú desnudándome, travieso, sonriente, adorador, sexual. 

Te relames y dejas ver el hueco entre tus dientes, gruñes y aprietas un poco más. Lo justo.

Tú bajándome los pantalones, pero dejando la ropa interior que ya está considerablemente húmeda porque cada poro de tu piel exuda sexo. Eres lo más excitante que he visto en mucho tiempo. 

Posas la mano en mi bajo vientre, me pasas el calor. Mides mi temperatura mientras jadeo y te pido por favor que hagas lo que quieras conmigo. Acaricias mis labios y rozas suavemente, casi sin querer, mi clítoris. Entonces me recorre un espasmo y abro aún más las piernas, invitándote a entrar, suplicando que lo hagas. Y metes dos dedos mientras sigues haciendo lentos movimientos con el pulgar por fuera. Gimo. Me miras y sonries, burlón. Me da vergüenza que tengas ese poder sobre mí, y me sonrojo y escondo la cara en la almohada, pero levanto un poco la cadera para indicarte que sigas. 

Sigues mientras me observas desde arriba, te cae el pelo sobre la frente, tienes la boca entreabierta, los labios carnosos, la mirada ardiendo. Deseas que me corra, pero aún no quiero, y te pido que te acerques para sentir tu piel, que te hundas en mí hasta el fondo, que me dejes estar arriba. 

Esa sensación indescriptible, extremadamente placentera, de plenitud, de llenar un vacío cuando te deslizas poco a poco en mí, sin resistencia, sin dificultad. Inclinas la cabeza hacia atrás y abres más la boca, me miras, jadeas y me atraes hacia tí rodeándome con tus brazos, mientras bailo con movimientos oscilantes sobre tí, contigo dentro. Me pierdo en mi subconsciente, con la mirada vidriosa. Tengo todas mis terminaciones nerviosas a punto de explotar de gozo. 

Me coges y me das la vuelta, de rodillas en tu cama, con la cara contra la almohada y el pecho con los pezones rozando el colchón. Vuelves a meterte en mí, mientras con una mano agarras mi coleta y con la otra mi culo. Me toco al ritmo al que me embistes, y llego al orgasmo medio minuto antes que tú. Mis músculos se contraen y se relajan en varias oleadas de placer. Caes sobre mí y recuperas el aliento, aliviado. Me quedo en duermevela mientras me acaricias el pelo, estoy mansa, aplacada. 

Haces que todas las mañanas te recuerde y manche mis sábanas.

martes, 25 de octubre de 2022

Renacimiento

Ahí llegamos. Tú y yo, sin conocernos, pero habiendo reconocido algo en nuestros ojos que nos decía que nacíamos del mismo fuego. Que nos gustaba la cocción lenta. 

La luz tenue, anaranjada y titilante, nos acompañaba en el descubrimiento. Me besaste pausadamente, sin avidez. Me quitaste la camiseta, suave, como el que descubre un tesoro y deja que le deslumbre. Te desabroché la camisa y se saltó un botón. Nos miramos y nos reímos; inocentes, ingenuos, vergonzosos. 

Me tumbaste con delicadeza pero firme, de manos gruesas, mientras te percatabas de un antifaz negro en mi mesilla. Lo cogiste y me tapaste los ojos, mientras agarrabas mis dos manos juntas por encima de mi cabeza, para evitar que te tocara. Desabrochaste mi pantalón mientras me besabas, esta vez con la decisión del que sabe lo que hace. Me prohibiste bajar los brazos y comenzaste a lamerme lentamente en un camino que recorría mi torso: cuello, clavícula, pecho, axila, costillas, vientre, ombligo, cadera (uf, ¡la cadera!). Me quitaste los pantalones pero me dejaste el tanga negro de hilo que había escogido deliberadamente para tí esa noche. Invertiste el recorrido por el lado izquierdo de mi cuerpo y temblé de placer. Lo notaste e hiciste pausa para respirar en mis pezones, mientras apoyabas la mano con presión en mi vulva. Aceleré mi respiración. Volviste a bajar por mi cuerpo, esta vez con suaves bocados, insistiendo en mis caderas. Luego pasaste la lengua bajo el hilo del tanga, para engancharlo con los dientes y comenzar a bajarlo, destapando mi sexo como el que destapa una hogaza de pan recién hecho: sin querer que se le vaya el calor, disfrutando el aroma y pretendiendo que nadie más lo vea para que no te pidan un trozo. 

Llegados a este punto casi podría afirmar que un solo lametón habría bastado para que me corriera. Pero no quisiste comprobarlo y me dejaste suplicante, jadeosa. Me acariciaste desde los tobillos hasta la clavícula, varias veces. Y luego bajaste y hundiste la nariz en mi vulva, y la recorriste, empapándote, en un suave movimiento de abajo arriba. Y gemí. Y me estremecí. Y me sacudió un arco de placer. Siguió tu lengua y luego tus dedos ahondaron en mí, fuertes, mientras lamias en círculos.

Llegó el orgasmo como un tsunami, arrastrándome, arrasando con cualquier muro que hubiese construido hasta ahora, limpiando mi cuerpo de escombros. 

Y al bajar la marea, volví a descubrirme: ahí estaba yo, de pie, desnuda y sabiendo que no es que fuera una superviviente. 

Es que había vuelto a renacer.