Cualquier mujer quiere un poeta que la haga protagonista de unos versos.
Yo quiero un hombre que me haga dueña de sus silencios.
Cualquier mujer quiere un artista que la haga Venus de piedra inmortal.
Yo quiero un hombre que me pinte con sus manos el camino del placer.
Cualquier mujer quiere un músico que le cante canciones al oído.
Yo quiero un hombre que me toque con la misma pasión que Coltrane.
lunes, 31 de marzo de 2014
jueves, 27 de marzo de 2014
Relato ganador del 5º especial de relato erótico del bar Diablos Azules
Era uno de tantos camareros que habían pasado por mis ingles. Había tenido tantos, que ya podía descorchar botellas usando tan sólo mi entrepierna.
Aquella noche estaba tan sola... Se me había acabado el tabaco y ya sabes que ese es mi segundo vicio favorito. Me apoyé en la barra, a la espera de aquella cerveza de cortesía que suelen darte cuando llevas escote y cara de "me cabe todo el botellín". Sin embargo, él me miró y me dijo "voy a cerrar". Me moví inquieta en mi taburete y le respondí "yo acabo de abrir". Su cara de sorpresa me indicó que no estaba acostumbrado a ligar demasiado. Esos son los que más me gustan. Me incliné sobre la madera, con mis pechos reposando intranquilos, a la espera de sus labios. Entonces me apartó y me susurró "yo no suelo hacer estas cosas". Aquello me calentó aun más, así que le metí la lengua bien dentro de la oreja, ardiendo y deseosa de que él entrara en mí.
Derretido en escalofríos, me quitó aquella escueta blusa para dejarme al descubierto. Las medias se me bajaban solas, y aquel camarero resultó ser un descubrimiento. Cada caricia me quemaba la piel, me ardía en el pecho y me mojaba las bragas. Paró de repente. No podía soportar aquello, necesitaba que siguiera y cada vez estaba más caliente. Me preguntó por mi nombre. "Ponerle nombre a las cosas es dominarlas" le dije. Me quité el resto de la ropa que llevaba excepto los tacones. Entonces él me sentó en la barra, se agachó y comenzó a lamerme. Nunca había sentido algo así. Era tormenta sin calma, era apocalipsis y paraíso. Joder, era sexo. Le miré suplicante. "Por favor", rogué.
Y se hundió en mi. Mi vientre notó el empujón, y todo se volvió oscuro. Embestía, mientras le clavaba los tacones en la espalda y él clavaba en mí sus ganas. Arañaba sus hombros con cada gemido. Cada vez más fuerte. Cada vez más alto. Estaba llegando, y lo notaba, pero no era capaz de correrme. Era una tortura, un placer que no acababa de completarse, algo que nunca había cabido en mí. Fue entonces, cuando me bajó de aquella barra y me dio la vuelta para que mis pechos arasen la pared. Sus dedos manejaban mi clítoris a su antojo, mientras él me empujaba una y otra y otra vez.
Y entonces la luz. Dos orgasmos simultáneos que me empaparon las piernas y me hicieron temblar. Acabamos casi a la vez. Dejé en aquel bar las bragas, pues era imposible volver a usarlas. Me despedí y salí de allí. "Joder lo que daría por un cigarro ahora mismo" pensé.
Aquella noche estaba tan sola... Se me había acabado el tabaco y ya sabes que ese es mi segundo vicio favorito. Me apoyé en la barra, a la espera de aquella cerveza de cortesía que suelen darte cuando llevas escote y cara de "me cabe todo el botellín". Sin embargo, él me miró y me dijo "voy a cerrar". Me moví inquieta en mi taburete y le respondí "yo acabo de abrir". Su cara de sorpresa me indicó que no estaba acostumbrado a ligar demasiado. Esos son los que más me gustan. Me incliné sobre la madera, con mis pechos reposando intranquilos, a la espera de sus labios. Entonces me apartó y me susurró "yo no suelo hacer estas cosas". Aquello me calentó aun más, así que le metí la lengua bien dentro de la oreja, ardiendo y deseosa de que él entrara en mí.
Derretido en escalofríos, me quitó aquella escueta blusa para dejarme al descubierto. Las medias se me bajaban solas, y aquel camarero resultó ser un descubrimiento. Cada caricia me quemaba la piel, me ardía en el pecho y me mojaba las bragas. Paró de repente. No podía soportar aquello, necesitaba que siguiera y cada vez estaba más caliente. Me preguntó por mi nombre. "Ponerle nombre a las cosas es dominarlas" le dije. Me quité el resto de la ropa que llevaba excepto los tacones. Entonces él me sentó en la barra, se agachó y comenzó a lamerme. Nunca había sentido algo así. Era tormenta sin calma, era apocalipsis y paraíso. Joder, era sexo. Le miré suplicante. "Por favor", rogué.
Y se hundió en mi. Mi vientre notó el empujón, y todo se volvió oscuro. Embestía, mientras le clavaba los tacones en la espalda y él clavaba en mí sus ganas. Arañaba sus hombros con cada gemido. Cada vez más fuerte. Cada vez más alto. Estaba llegando, y lo notaba, pero no era capaz de correrme. Era una tortura, un placer que no acababa de completarse, algo que nunca había cabido en mí. Fue entonces, cuando me bajó de aquella barra y me dio la vuelta para que mis pechos arasen la pared. Sus dedos manejaban mi clítoris a su antojo, mientras él me empujaba una y otra y otra vez.
Y entonces la luz. Dos orgasmos simultáneos que me empaparon las piernas y me hicieron temblar. Acabamos casi a la vez. Dejé en aquel bar las bragas, pues era imposible volver a usarlas. Me despedí y salí de allí. "Joder lo que daría por un cigarro ahora mismo" pensé.
lunes, 24 de marzo de 2014
(Des)críbeme
Veo tu boli sobre el papel y deseo
que todo lo que escribes tenga un silencio
que grite mi nombre.
Que esa sonrisa que nombras sea mi sonrisa.
Que sea en mi en quien pienses
antes durante y después
de masturbarte.
Que te acuerdes de que nunca nadie te había tocado así antes.
Te quiero
en mi, hundido y rozado
y que todas las noches sean la noche
y todos los días me despierte tu lengua funambulista
en la cornisa de mis bragas.
Que se derritan los espejos
cuando nos miremos en ellos nuestro reflejo
y que se empañen del sudor
de nuestro espíritu salvaje.
Mírame, como si no existiera ninguna otra mujer
ni en el mundo ni en tu cama,
aunque sea mentira.
Pero hazme saberme única por un par de horas.
Abrázame, cierra los ojos y déjate llevar y correr
jadea mi nombre con el último aliento
antes de irte
sin salir de mis sábanas.
Tócame, muérdeme, lámeme
que ya no quiero ser si no es en tu boca,
mis piernas echan de menos tu cabeza.
Pisa todos mis charcos, salpícate,
mójate de mi y hazme llover de nuevo
en una tormenta de gemidos
y orgasmos de fogueo entre relámpagos.
Ámame o no me ames, pero quiéreme tuya
y piénsame animal y guarra,
piénsame a oscuras,
que la luz ya la da tu mirada.
que todo lo que escribes tenga un silencio
que grite mi nombre.
Que esa sonrisa que nombras sea mi sonrisa.
Que sea en mi en quien pienses
antes durante y después
de masturbarte.
Que te acuerdes de que nunca nadie te había tocado así antes.
Te quiero
en mi, hundido y rozado
y que todas las noches sean la noche
y todos los días me despierte tu lengua funambulista
en la cornisa de mis bragas.
Que se derritan los espejos
cuando nos miremos en ellos nuestro reflejo
y que se empañen del sudor
de nuestro espíritu salvaje.
Mírame, como si no existiera ninguna otra mujer
ni en el mundo ni en tu cama,
aunque sea mentira.
Pero hazme saberme única por un par de horas.
Abrázame, cierra los ojos y déjate llevar y correr
jadea mi nombre con el último aliento
antes de irte
sin salir de mis sábanas.
Tócame, muérdeme, lámeme
que ya no quiero ser si no es en tu boca,
mis piernas echan de menos tu cabeza.
Pisa todos mis charcos, salpícate,
mójate de mi y hazme llover de nuevo
en una tormenta de gemidos
y orgasmos de fogueo entre relámpagos.
Ámame o no me ames, pero quiéreme tuya
y piénsame animal y guarra,
piénsame a oscuras,
que la luz ya la da tu mirada.
viernes, 7 de marzo de 2014
Cuando las ojeras son bonitas
Las ojeras eran bonitas.
Eran bonitas cuando tú eras causante
del cansancio de mis ojos.
Cuando su máxima era dormir
(o no dormir) contigo
y no se cansaban de (ad)mirarte.
Cuando se ruborizaban al verte
y entonces las partes bajas
de mis párpados se tornaban en morada.
Las ojeras eran bonitas cuando tú
hablabas sobre ellas.
Cuando no llevaban la carga de estar trabajando
y sólo tenían la obligación de estar contigo.
Las ojeras son bonitas si te cuelas en mi sueño
y me deseas buenas noches
aunque ni siquiera esté durmiendo.
Mis ojeras son bonitas si tus aviones aterrizan en ellas
para volver a enseñarles lo que es volar.
Y es que mis ojeras sólo son bonitas
si estás tú cerca
para crecerlas.
miércoles, 5 de marzo de 2014
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