miércoles, 22 de febrero de 2023

Roca y fuego

La primera vez que te ví me sentí atraída hacia ti de una forma diferente al resto. Fue en un bar, en el cumpleaños de un buen amigo al que ya apenas veo porque nuestras vidas adultas se interpusieron en lo que en la universidad pensamos que siempre sería diversión y cervezas. Me introduje en vuestro grupo, el único donde había caras medianamente conocidas, al menos de haberlas visto en el pasillo de la facultad. Pero la tuya era nueva. Tu pelo largo, hasta la mitad de tu espalda, negro como el carbón y ondulado me llamó la atención. También que no lo tuvieras perfectamente peinado y estudiado, como si no te importara mucho, como si formara parte de ti y no fuera un mero accesorio estético, sino algo más profundo, algo tuyo y no para el resto. Iba captando las bromas que el grupo hacía sobre lo fuerte que estabas, y tu potencia física, que recibías con vergüenza y te hacía cambiar de tema en seguida, con una humildad genuina. Vi que te asomaba por el brazo un tatuaje, una simple linea gruesa recta hacia el codo. Quise saber el por qué de ese diseño, pero no pregunté. A lo largo de la noche fuimos navegando temas de conversación variados, y mostrabas un interés y una curiosidad casi infantil (en el buen sentido de la palabra) cuando me tocaba hablar de algo. Desprendías una ternura y calidez contradictorias en ese cuerpo digno de alguna epopeya o cuadro mitológico. Me hablaste de tus viajes a meditar con tripis en mitad del campo, del contacto con la naturaleza y los elementos. Dándole vueltas después, caí en que eras hijo de la roca y del fuego, eso estaba claro. Forjador y escalador. Mirada cándida y cuerpo escultural. Esperé a ver si salías esa noche a bailar con el resto del grupo, con intención de seguir adentrándome en tu mundo, pero antes de que pudiera replicar te despediste. Poco después de que salieras del bar, te busqué en instagram. No te seguí, me pareció demasiado invasivo que minutos después de haber salido por la puerta, ya tuvieras mi perfil “espiando” tus redes. Pero me lo guardé para el día siguiente. 

Esa noche ya no pensé mucho en ti, y bailé con el grupo, me bebí varias copas y me invitaron a varios chupitos que no pude rechazar. Después me lié con el único que aún bailaba decentemente de la cuadrilla, salimos de la sala cuando la cerraron a las 7 de la mañana y cogí el metro de vuelta a casa. Me acosté, reventada, borracha y satisfecha por haber pasado una buena noche. Cuando me desperté pocas horas después, resultó que tú habías hecho el mismo trabajo que yo cuando te despediste, y también habías buscado mi perfil. “Solicitud de seguimiento” en notificaciones, aceptada por supuesto. 

Varias charlas sin mucha sustancia después, te invité a seguir hablando con una cerveza por medio. Aceptaste, visiblemente halagado y quedamos en un bar de Lavapiés cerca de tu casa. Cada poco tiempo, poniendo como excusa cualquier movimiento, nuestras sillas se iban acercando. Podía notar la tensión, como dos imanes a los que juntas cada vez más hasta que finalmente se pegan inevitablemente. Ese era nuestro destino esa noche. Nos miramos unos instantes, dejando que el magnetismo nos imbuyera, y nos acercamos lentamente el uno al otro. Podrían haber saltado chispas entre los pocos milímetros que separaban tus labios de los míos mientras levantabas la vista de mi boca para mirarme a los ojos antes de besarme. De repente, Lavapiés estaba vacío y quieto. Todo se paró a nuestro alrededor en ese beso que duró a la vez tanto y tan poco. Una sensación me recorrió desde la punta de los dedos de los pies hasta el último pelo de la cabeza. Una sensación que había descrito vaga e inexactamente como “mística” cuando comentaba con algún amigo cercano la posibilidad de tener sexo contigo y por qué te me hacías tan atractivo cuando objetivamente no eres guapo. Me llevaste de la mano a tu casa, mientras el barrio continuaba quieto en otro plano. Notaba los callos de trabajar y escalar, y sin embargo no se me antojaba para nada áspera ni desagradable. 

Entramos en tu dormitorio, cálido y acogedor cómo esperaba, con cierto olor a clavo y especias. Una alfombra presidía el centro de la habitación, y relegaba la cama a un segundo plano. De pie en el centro, me quitaste la camiseta y los pantalones, despacio, con dulzura, cuidado y admirando cada centímetro de piel que desnudabas. Me dejaste el top semi deportivo que llevaba como sujetador y el tanga. Hiciste lo mismo con tu ropa y descubrí que el tatuaje que te sobresalía del brazo te cruzaba también el torso, como si de una cruz gigante se tratara. Te sentaste en la alfombra en posición de loto, y me indicaste que me sentara encima tuya de la misma forma. Tus manos me acariciaban sin casi posarse sobre mi piel, generando una electricidad que no había sentido hasta el momento: recorrían mis hombros, mis brazos, mi cintura, mis caderas, luego volvían a subir lentamente por el abdomen, el pecho, un par de dedos por el cuello y tiraste de mi para besarme. Nos besamos mucho rato, con la ropa interior aún puesta, mientras hacía pequeños círculos con mis caderas para rozar mi pubis contigo. De repente, el movimiento comenzó a ganar por inercia mayor velocidad y sincronización entre nosotros, hundiste la cabeza entre mi cuello y mi clavícula y liberaste las manos de mi pelo para sostener y asistir en mi culo el movimiento. Notaba que estaba cerca de correrme, pero que no era un orgasmo normal. Sentía energía acumularse desde el final de mis extremidades, y cuando llegó el clímax, desencadenó una oleada de placer que se extendió por todo mi cuerpo y que no dejó ni un pelo sin erizar. 


CONTINUARÁ…






viernes, 17 de febrero de 2023

Segundas partes

Después de nuestro primer e inesperadamente exitoso encuentro (en el que el juego de preguntas al que nos estábamos sometiendo te regaló una carta especial "elige la ropa de tu acompañante para la siguiente cita"), decidimos volver a quedar. La tarde de antes de esa segunda vez, me acordé de la carta y te propuse jugarla. Aceptaste, juguetón, y navegaste por las categorías de ropa que te iba lanzando, hasta llegar a la interior:

- Ninguna sería divertido 👀...

- Mejor lo dejamos para verano, ¡teniendo que llevar medias pierde gracia!

- Tienes razón, pues ¿cuáles son mis opciones?

Después de un rato, finalmente escogiste un tanga negro liso y un sujetador tipo corset con una amplia linea de corchetes, que tanto tú como yo sabíamos que no sería impedimento para luego quitarlo. 

El día de la cita, decidí ponerme además la cinta negra de raso en la coleta, a modo de lazo, para usarlo luego. Llevaba todo el día inquieta en la oficina, sabiendo que en tu primera mirada hacia mí en la parada de metro, sabrías todo lo que llevo puesto. Imaginaba que esto te mantendría tan excitado como a mí durante tu mañana, y pensar esto hacía que me excitara aún más. Habías propuesto como lugar de encuentro una exposición que parecía interesante, y que se me antojaba un buen contexto para dar calidez a nuestras intenciones. Después de la expo, fuimos a tomarnos unas cervezas y comentarla, y después decidimos tomar rumbo a mi casa. 

Mientras recogía en la cocina los restos de la cena y del vino, te acercaste a mí, me quitaste el vaso de la mano para apoyarlo en la encimera de nuevo, me agarraste de la cintura y me atrajiste hacia ti, mientras te apoyabas sobre la pared de azulejos blanca. Me diste un beso muy profundo, mientras tus manos acariciaban por debajo de mi jersey ese sujetador que habías elegido para mí. Estabas deseando verlo. 

Tras unos minutos de precalentamiento, me propusiste pasar a la cama. Te llevé de la mano, y erguidos en el colchón sobre las rodillas, nos seguimos besando y acariciando. Nos turnábamos: yo te quitaba la sudadera, tú me quitabas el jersey, yo te quitaba la camiseta, tú me la quitabas a mí, yo te quitaba los pantalones, tú me quitabas las medias. Aún llevaba la falda, el corset y el tanga negro de algodón. Me acariciabas con una mano el pecho, como absorbiendo la suavidad de satén de la pieza que llevaba, y con la otra el culo por debajo de la falda. Me giraste la cara hacia el espejo grande de los pies de mi cama, para que te viera explorar todos mis rincones. Después me diste la vuelta, me subiste la falda para que apoyara mi culo en tu entrepierna (aún con tu ropa interior) mientras desabrochabas uno a uno los corchetes de mi sujetador, lento pero preciso, y a la vez me lamías el cuello. Ver esa escena reflejada, con la luz cálida de fondo, todo tú entregado a mi placer absoluto me hacía chorrear. Me tumbaste y me quitaste la falda, para tumbarte encima de mí y seguir besándome mientras te frotabas. Estaba tan sumamente empapada y llevaba tanto rato rozando el placer, que llegué al orgasmo en muy poco tiempo. 

Mientras recuperaba la respiración, me bajaste el tanga que aún llevaba y te deshiciste de tus bóxers. Duro como una piedra, te metiste en mí mientras me tocabas aprovechando toda la lubricación que ya estaba esparcida por los recovecos de mi vulva. Después, me diste la vuelta y seguiste embistiéndome. Me acariciabas mientras la espalda, a veces me agarrabas del pelo y luego del culo. Te hice un gesto que indicaba que te tumbaras para cabalgarte yo. Me cogiste la mano y me la pusiste en tu cuello. Apreté suavemente y pude ver tu cara de placer. Acercaste tus dedos a mis labios, e intuitivamente los introduje y los chupé. Un gemido salió de tu boca y erguiste la cadera para que el movimiento estimulara mi clítoris. Ahí volví a correrme. Saliste de mí y te pusiste a mi lado mientras me acariciabas todo el cuerpo con adoración y dijiste:

- Joder, no sabes lo mucho que me pones.

Te masturbabas con una mano y con la otra me tocabas el pecho. Te corriste en mi abdomen, cerca del ombligo, y exhausto y lleno de sudor te tumbaste conmigo un rato antes de limpiarnos.