Llovía.
Y allí estaba ella, sentada en un banco.
No sabía qué hora era, ni qué día, ni siquiera en qué ciudad estaba.
Pero eso es lo que menos importa de los sueños.
Llovía.
Aunque la lluvia era más un estado de ánimo que un acto.
Llovía en el banco.
Llovía en sus ojos.
Llovía en su pecho.
Y la lluvia se calaba en su ropa, como un día aquella caricia se caló en su piel.
Fumaba porque sentía que le hacían más daño los suspiros que las caladas,
y así mantenía ocupados sus labios.
"Demasiado triste para una pesadilla", pensó.
Y apareció él en su sueño, para mojar lo que la lluvia no alcanzaba.
Se enredaron en miradas y en humo, se deshicieron en caricias y caladas.
La tormenta iba al ritmo de sus pasiones, buscando los últimos centímetros que empapar.
Así que decidieron ponérselo más fácil, despojándose de sus ropas.
Lentamente, no había prisa. El tiempo en un sueño no corre, ni vuela.
Pero ellos sí.
Liberados de cualquier tela que los atara, querían anudar sus cuerpos.
Él la miraba con sed, y se bebió el agua que ella acumulaba en todos los rincones de su piel.
Ella andaba por su torso con los labios cómo guía.
El sudor se confundía con las gotas de lluvia.
Y sus ganas se fundían en una.
La naturaleza era testigo de aquella entrega generosa, de aquel derroche de fluidos acompasados.
Instintivos, salvajes, involuntarios, irreflexivos, inconscientes (en el sueño),
eran todo noche, pero brillaban.
Y brillaban más con cada oscilación de ella sobre él, con cada vaivén de sentidos confluentes.
Ya había parado de llover, y las estrellas los miraban con la indulgencia del que perdona a un niño
por haberse salido del papel
cuando coloreaba.
Y siguieron hasta el despertar, preguntándose cuando volverían a encontrarse en sueños,
hartos de mirar hacia abajo y con el "por qué no" en los labios.