miércoles, 7 de agosto de 2013

Revoluciones + Audio

"Nos tiraron del pelo. Nos cortaron el pelo. Nos tomaron el pelo. Y nos salvamos a veces por los pelos."
~Carlos Salem~


Un día, saliste a perseguir la mentira
y te burlaste de las verdades,
dijiste tú sí y tú no,
como si pudieras escoger qué estrellas
brillarían esa noche.

Declaraste con la mano cerrada y el corazón quitado
para callar todos los sentimientos que salían
a quitarte la razón.

Hiciste que en mis ojos creciera un soplo de duda
ante el suicidio artificial del amor.
Y luego esquivaste las miradas y las letras y letras de poemas
a los que cambiaste los nombres.

No esperes, ahora que vas a contratiempo,
que vaya a aceptarte los relojes pese a todo,
con esta rabia prescrita después de que despreciases mi tiempo
mientras corría en sentido contrario.

No esperes que me ponga de rodillas como quisiste
porque todavía sangran mis heridas
en esas llagas de insomnio y rutina voy a quemar mi pretérito
y a curar con alcoholes
y a mancharte de sangre las manos,
con tus propias armas.

En el camino de la vida alguien sólo puso escaleras,
que llevaban a lo más alto para luego dejarte caer,
sin probar ese trozo de cielo
que nos prometieron y no llegaba.
Jugaste con mis palabras hasta dejarlas mudas
y les negaste el juicio para callarlas,
y después me condenaste a soltarlas.

Porque detrás de cada rabia en las letras de los poemas se acumularon lágrimas,
y en cada sueño que entraste a quemar pieles, en cada pensamiento con tempestades en los labios,
en cada peldaño de hierro que pusiste en nuestra historia
hubo una voz que no va a callarse ninguno de mis sentimientos rotos.

La huella en mis curvas de tus caricias
me sombreó un aviso en las caderas,
y ahora te apunto con mi lápiz,
porque su lastre es mayor que el de tus disculpas.

Bailo, sin el miedo a lo desconocido que infundiste en mis pasos
y me quito la ropa para desafiar mis paredes.

Llevo el brillo de la luna en la sonrisa
y es por eso que puedo prescindir de las noches
sin estrellas.

La rapidez de tus huidas me da que pensar
que sólo pretendes escuchar las palabras bonitas.

Detrás de cada fuga hay un ejército de furias deseando ser desatadas,
hay resacas suprimidas porque venían con tus mareas,

hay todo lo que nunca quisiste que reluciera.

En el despertar de mi mañana sólo se oirán mis sueños,
en el final de la noche serán mis gemidos lo que quede.

Espero que te hayas preparado para  el olvido, porque él se ha vestido con mis mejores tacones
y se ha pintado los labios con la más roja de las barras: la de la lucha
para despedirte.





sábado, 3 de agosto de 2013

El circo del Sol

- Por favor camarero otra copa de ron. No me hagas preguntas, esta vez no.

No es nada grave, sólo muy poco amor, y que el tiempo no termina de llevarse el dolor.*

Había estado en esa barra, en ese mismo bar, días antes. Su sueño había sido tan real que se preguntaba por  qué el camarero ya no quería mirarla.

Se sentía equilibrista con vértigo, malabarista torpe, contorsionista con lumbalgia, payaso sin nariz. Se refugiaba en la lectura y el arte, pero cuando ya no podía más, acudía al bar. Sentía que allí le aguardaba un sitio, su taburete junto al lavabo de señoras siempre estaría libre para ella. Le gustaba la música alta porque así no podía oír sus propios pensamientos. Le gustaba que nadie la mirara. Suficientes problemas tenía la gente que acudía a aquel sitio como para inmiscuirse en los suyos.

Hacía demasiado frío para llover.
Y así se sentía ella, demasiado triste para llorar.

Se acabó la bebida y se fue a casa. Aunque no fuera un hogar. Le parecía limpio, blanco, vacío, y por ello era horrible. "Deja la luna entrar", rezaba la canción desde su portátil. Y ella abrió la persiana, pero esa noche no había luna, así que fue a por un vaso de leche.

Algo parpadeaba en su móvil. Un email.

Parece que la luna había salido. Se dibujaba en su cara, en forma de sonrisa.

Era incluso mejor que el Circo de las Mariposas. Era el Circo del Sol. Un circo donde se daba cabida a los vertiginosos equilibristas, los torpes malabaristas, los contorsionistas doloridos y los payasos que no hacían reír  Siempre y cuando tuvieran el valor, de seguir luchando con una sonrisa.

"He perdido la batalla, pero ganaremos la guerra", pensó. Y por primera vez en unos meses, pensó en plural. Y pensó en un piso como circo, unas sábanas como carpa, y la línea que separa dos cuerpos como una cuerda floja desde donde hay que saltar.







*Frases sacadas de la canción "Por favor" de Diego Álvarez


jueves, 1 de agosto de 2013

Sueño II

Allí estaba ella.
Imponente. Decidida. Salvaje. Explosiva como un arma de destrucción masiva. Dispuesta a todo.
Pisaba fuerte, y para eso llevaba tacones. Irrumpió en aquel bar como esa tormenta que se lleva la calma.
Tenía las piernas abiertas y la sonrisa estirada, mientras sus ojos de almendra gritaban "aquí estoy, y no quiero irme con las manos vacías".

Se sentó en la barra y miró al camarero como la que lleva días sin beber, con una sequía que no calmaba el agua. Con una sequía de desierto. Llevaba una cerveza en la mano, aunque no sabía muy bien cómo había llegado a cogerla. Su pequeño oasis dorado, su ámbar de nubes espumosas.

Sonaba de fondo Diana Krall, y en su cabeza sólo escuchaba las palabras "Stop this world". Nada le parecía más adecuado. Nunca había estado muy segura de nada, y menos de sí misma, pero esa noche llevaba un pintalabios rojo. El piano la hacía estremecerse con cada nota, y una sensación de calor le recorría la columna vertebral. Se inclinó hacia el camarero y le susurró la canción al oído con una voz que ni ella sabía que tenía.

- Stop this show, hold the phone. Better days this girl has known. Better days so long ago.

El bar estaba vacío y oscuro. Ya sólo quedaba el borracho de turno anclado a la barra.

- Vamos a cerrar - anunció el camarero.

El borracho se levantó de mala  gana y arrastró su cerveza hasta la puerta.

- Vamos a cerrar, señorita -repitió. La miraba con miedo, evitando un cruce con sus ojos de miel.
- Yo acabo de abrir -respondió ella tranquila. - ¿Por qué no bailas conmigo?
- Ehh, no, no se me dan bien los bailes...
- En ese caso déjeme cantarle un poco.

Sentó al camarero en una silla y se inclinó frente a él, para estar a la altura de sus ojos. Comenzó a cantar Oh Boy mientras unas lágrimas rodaban por su mejilla y poco a poco se desabrochaba la camisa.
Para cuando acabó la canción, ya sólo le quedaban los tacones, y unas medias que serían la envidia de cualquier hombre, por poder agarrarse a sus piernas. Se acercó al camarero y le quitó la camiseta.

- Ni siquiera me has dicho tu nombre -musitó él.
- Ponerle nombre a las cosas es dominarlas. El mayor miedo de toda persona es el miedo a lo desconocido. Lo inculcan desde pequeños. ¿Dónde quedaron los exploradores que viajaban por montañas en busca de parajes perdidos? ¿Dónde se esconden los piratas de siete mares, dónde sus cañones y sus tesoros? -y sus labios se acercaban peligrosos al cuello del hombre.

Entregados, descubridores. Secretos e íntimos, en aquella barra de bar donde ahora había otros líquidos. Despacio, lentos, haciendo esperar al placer. Ella, sus piernas, esos tacones que no había querido quitarse clavándose en la espalda de él. Y él, con todos sus músculos tensos, agarrando sus muslos con fuerza. Besaba el cuello de aquella mujer indomable, haciendo que su cabeza cayera hacia atrás acompañada de la cascada de su pelo ondulado. Y con cada gemido se clavaban más los tacones. Pero él sólo era capaz de sentir el cuerpo de aquella musa con cara de Lolita, que se aferraba a él con la fuerza de quién obtiene calor por primera vez en mucho tiempo.

Y después bebieron. Nadie sabe cuanto tiempo, ni cuantos litros.

Sólo estaban seguros de una cosa:

                                                   Estaban vivos.