miércoles, 22 de febrero de 2023
Roca y fuego
viernes, 17 de febrero de 2023
Segundas partes
Después de nuestro primer e inesperadamente exitoso encuentro (en el que el juego de preguntas al que nos estábamos sometiendo te regaló una carta especial "elige la ropa de tu acompañante para la siguiente cita"), decidimos volver a quedar. La tarde de antes de esa segunda vez, me acordé de la carta y te propuse jugarla. Aceptaste, juguetón, y navegaste por las categorías de ropa que te iba lanzando, hasta llegar a la interior:
- Ninguna sería divertido 👀...
- Mejor lo dejamos para verano, ¡teniendo que llevar medias pierde gracia!
- Tienes razón, pues ¿cuáles son mis opciones?
Después de un rato, finalmente escogiste un tanga negro liso y un sujetador tipo corset con una amplia linea de corchetes, que tanto tú como yo sabíamos que no sería impedimento para luego quitarlo.
El día de la cita, decidí ponerme además la cinta negra de raso en la coleta, a modo de lazo, para usarlo luego. Llevaba todo el día inquieta en la oficina, sabiendo que en tu primera mirada hacia mí en la parada de metro, sabrías todo lo que llevo puesto. Imaginaba que esto te mantendría tan excitado como a mí durante tu mañana, y pensar esto hacía que me excitara aún más. Habías propuesto como lugar de encuentro una exposición que parecía interesante, y que se me antojaba un buen contexto para dar calidez a nuestras intenciones. Después de la expo, fuimos a tomarnos unas cervezas y comentarla, y después decidimos tomar rumbo a mi casa.
Mientras recogía en la cocina los restos de la cena y del vino, te acercaste a mí, me quitaste el vaso de la mano para apoyarlo en la encimera de nuevo, me agarraste de la cintura y me atrajiste hacia ti, mientras te apoyabas sobre la pared de azulejos blanca. Me diste un beso muy profundo, mientras tus manos acariciaban por debajo de mi jersey ese sujetador que habías elegido para mí. Estabas deseando verlo.
Tras unos minutos de precalentamiento, me propusiste pasar a la cama. Te llevé de la mano, y erguidos en el colchón sobre las rodillas, nos seguimos besando y acariciando. Nos turnábamos: yo te quitaba la sudadera, tú me quitabas el jersey, yo te quitaba la camiseta, tú me la quitabas a mí, yo te quitaba los pantalones, tú me quitabas las medias. Aún llevaba la falda, el corset y el tanga negro de algodón. Me acariciabas con una mano el pecho, como absorbiendo la suavidad de satén de la pieza que llevaba, y con la otra el culo por debajo de la falda. Me giraste la cara hacia el espejo grande de los pies de mi cama, para que te viera explorar todos mis rincones. Después me diste la vuelta, me subiste la falda para que apoyara mi culo en tu entrepierna (aún con tu ropa interior) mientras desabrochabas uno a uno los corchetes de mi sujetador, lento pero preciso, y a la vez me lamías el cuello. Ver esa escena reflejada, con la luz cálida de fondo, todo tú entregado a mi placer absoluto me hacía chorrear. Me tumbaste y me quitaste la falda, para tumbarte encima de mí y seguir besándome mientras te frotabas. Estaba tan sumamente empapada y llevaba tanto rato rozando el placer, que llegué al orgasmo en muy poco tiempo.
Mientras recuperaba la respiración, me bajaste el tanga que aún llevaba y te deshiciste de tus bóxers. Duro como una piedra, te metiste en mí mientras me tocabas aprovechando toda la lubricación que ya estaba esparcida por los recovecos de mi vulva. Después, me diste la vuelta y seguiste embistiéndome. Me acariciabas mientras la espalda, a veces me agarrabas del pelo y luego del culo. Te hice un gesto que indicaba que te tumbaras para cabalgarte yo. Me cogiste la mano y me la pusiste en tu cuello. Apreté suavemente y pude ver tu cara de placer. Acercaste tus dedos a mis labios, e intuitivamente los introduje y los chupé. Un gemido salió de tu boca y erguiste la cadera para que el movimiento estimulara mi clítoris. Ahí volví a correrme. Saliste de mí y te pusiste a mi lado mientras me acariciabas todo el cuerpo con adoración y dijiste:
- Joder, no sabes lo mucho que me pones.
Te masturbabas con una mano y con la otra me tocabas el pecho. Te corriste en mi abdomen, cerca del ombligo, y exhausto y lleno de sudor te tumbaste conmigo un rato antes de limpiarnos.
lunes, 16 de enero de 2023
La película
Esta vez la cita fue en el cine. Un martes, la penúltima sesión de una película que realmente no tenía muy buena pinta. Pero está cerca de mi casa y eso me parece cómodo. La excusa para quedar me da igual. Cuando la película lleva media hora, me pierdo en mis pensamientos. Noto tu hombro contra el mío, es alucinante el calor corporal que desprendes. Menos mal que es invierno. La película parece aburrirte tanto como a mí, me haces cosquillas en la rodilla con los dedos distraídamente.
A cada pequeño rato, subes la mano un poco más, y cuando me doy cuenta noto que las cosquillas hacen un efecto diferente. Ya estás al borde del dobladillo de mi falda, y de vez en cuando lo levantas suavemente en tu movimiento circular de dedos. Mi respiración empieza a agitarse, te miro de reojo y veo en tus labios una leve sonrisa traviesa. Sigues subiendo con el mismo baile de las yemas de tus dedos, que noto ardiendo, casi queman. Vas muy poco a poco y mi mente me hace imaginar todo lo que está por venir y lo desea ya. Pero darme lo que quiero al momento no es tu estilo, te encanta tomarte tu tiempo y eso me hace estar a punto de caramelo siempre que te veo. Me revuelvo en mi asiento y abro un poco más las piernas. Ya casi puedes rozarme las ingles. Pasas un dedo suavemente por encima de mis medias donde mi ropa interior ha calado por completo y me tengo que contener mucho para no gemir en medio de la fila 12. Echo la cabeza hacia atrás y aprieto los labios. Ahora sí estás mirándome fijamente, con esos ojos verdes que se opacan con la excitación. Discretamente me bajo las medias para que puedas seguir con mayor libertad. Juegas un poco con la comisura de mis bragas, y finalmente acaricias mi vulva de arriba a abajo con el pulgar y haces movimientos circulares sobre mi clítoris. Casi siento que levito sobre la butaca, y tenso todos los músculos de mi cara para evitar que escape ningún sonido. Me acerco a tu oído y te propongo:
– Vamos al baño.
Paras de tocarme y me ayudas a quitarme los zapatos para que pueda deshacerme de las medias. Después, te levantas y me ofreces tu mano para que la coja. Noto mi olor en ti. Salimos de la sala en dirección a los baños, rezando para que no haya nadie y estén decentemente limpios. Parece que hemos tenido suerte. Nos metemos en el último cubículo, me das la vuelta contra la puerta, me levantas la falda y lentamente te metes en mí mientras sigues tocándome por delante. Con la otra mano me agarras del pelo y tiras hacia atrás suavemente. Te mueves lento, con cautela para poder oír si alguien entra, pero manteniendo el ritmo. Me giras para que estemos de frente y me besas por todo el cuello, parándote a morder mis clavículas. De repente la puerta principal del baño se abre y alguien entra. Nos quedamos congelados un instante, me tapas la boca con la mano y vuelves a metérmela muy lentamente. Cierro muy fuerte los ojos, concentrándome en no emitir ningún sonido que nos delate. Con la mano que te queda libre, me tocas con los dedos hábiles y rápidos, mientras te hundes en mí todo lo posible y haces movimientos laterales. Estoy a punto y lo sabes. Se vuelve a oír la puerta, la persona se va. En ese instante mi cuerpo libera la ingente cantidad de tensión que llevaba acumulando todo ese rato en una explosión de placer como nunca había sentido.
Había estado tanto tiempo al borde del orgasmo que eso había hecho que la sensación al liberarlo fuera diez veces más potente.
martes, 3 de enero de 2023
A fuego lento
Eres muy tímido, como un animalito al que hay que tratar con movimientos lentos para no asustarlo. Eso me saca de mi zona de confort de la conquista, yo que siempre he abogado por lo directo y la iniciativa. Pero contigo es diferente, todas las señales me indican que te gusto, pero no quiero asustarte con un movimiento brusco. Así que espero paciente una señal más fuerte. Te invito a mi casa, y ponemos una película después de la cena. En el transcurso, te noto acercarte un poquito. A veces apoyas la cabeza en mi hombro. Ponemos la segunda película, una más ligera que nos quite el peso y el mal rollo de la primera, mal elegida. A veces apoyo la cabeza en tu hombro, y dejas caer la tuya encima. Noto tu brazo colocado en una posición poco cómoda, extendido en un lado. Decido extender el mío, y acerco poco a poco mi mano a la tuya a cada rato. Acaba la peli y apenas he conseguido rozarte los dedos. Esta lentitud me tiene en vilo, es una sensación que no conocía, un tipo de paciencia que no tengo entrenada. Ponemos una tercera película, y cuando consigo tocarte mejor, veo que me respondes, atrapando mis dedos entre los tuyos. Me encanta el tatuaje que te cubre la mano. Me acaricias las yemas, y a ratos giro mi cabeza de tu hombro y te rozo la cara con la nariz. Pero nos estamos quedando dormidos y no noto respuesta en tí, ni el ansia del primer beso. Finalmente nos entregamos al sueño, ya son más de las 6 de la mañana. A ratos me despierto, y me recoloco mejor para acercar mi culo a tu entrepierna. Me abrazas, pero nada pasa. Nos despertamos con tu alarma, bien entrada la mañana. Desayunamos un poco de tarta de queso, pero te tienes que ir. Coges tu chaqueta de colores y tus cosas, y te abrigas. De pie en la entrada, pienso que si no te beso ahora, se me escapa la oportunidad. Te despides de mí, me abrazas, y después de ese abrazo me das un beso en el cuello y otro en la mandíbula. Recojo eso como mi señal, y te beso en la boca. Nos besamos un par de minutos. Nos separamos y te quejas por tenerte que ir ahora. Me das un par de besos fugaces y sales de mi casa. Mientras tanto, yo me quedo en casa, encendida y arrepentida de no haberlo hecho antes.
Quedamos un segundo día para dar una vuelta por el centro. Mala idea, demasiada gente. Después de un rato sorteando la marabunta, me propones ir a tu casa. Pensaba que vendríamos a la mía, la tuya está muy lejos, pero acepto porque no quiero ver otra oportunidad desperdiciada. Una vez que llegamos, pedimos una pizza y ponemos (otra vez) una película. Me quedo dormida y me despierto justo para ver el final, mientras que veo que te has quedado en una postura incómoda solo para no despertarme.
– Te veo agotada, ¿quieres que nos vayamos a la cama?.
– Sí, mejor. ¿Me prestas una camiseta? La que llevo no es muy cómoda para dormir.
Me das una camiseta que me cubre hasta medio muslo para usar como pijama y me quito los pantalones para quedarme solo con el tanga como parte inferior. Espero que esto sí haga efecto. Nos metemos en la cama, me abrazas y me besas. Me acerco a tí y te noto más excitado cuanto más me pego. Te quitas los pantalones que te acabas de poner hace unos minutos:
– Me gusta que estemos en igualdad de condiciones – dices mientras me acaricias todo el cuerpo.
Un rato después estamos los dos por fin desnudos y la cama húmeda de nuestra excitación. Te pones un condón y me la metes. Normalmente no me gusta ir directamente a la penetración, me parece una parte poco divertida y sin mucho misterio, pero llegando tantos días de "quiero y no puedo" lo estaba deseando. Y entraba como un cuchillo caliente en mantequilla. Gimes mucho, eso me gusta porque que hace sentirme muy deseada, erótica y poderosa. Después de follar un rato, me indicas que me tumbe a tu lado.
– Yo no creo que me corra hoy – me adviertes – me resulta difícil y me dan vergüenza las primeras veces. Pero eso no quiere decir que tú no vayas a disfrutar. ¿Qué puedo hacer?
Te indico que me masturbes y me gusta bastante más que lo que hemos hecho hasta el momento. Cuando acabo, me tomo un momento para respirar y me dirijo a tu entrepierna con intención de comerte. Me frenas y te excusas, diciéndome que llevas todo el día fuera y que has sudado y blablabla... Me da igual. Te quito el preservativo que aún llevas, te aprieta más de la cuenta y ha dejado un poco de marca. Me la meto en la boca y succiono, con una técnica que me he empeñado en mejorar durante estos meses que llevo soltera. Debe ser que lo estoy haciendo bien, porque gimes mucho y muy alto, intercalando a "Dios" con "joder", llegando a un punto en que parece que vas a romper a llorar.
– ¿Estás bien? – paro y levanto la vista hacia tu cara, y te veo tapándote con un cojín.
– Sí, sí. Déjame respirar un rato, que estoy hiperventilando.
Pauso la actividad y me siento sobre tus piernas. Te acaricio el pecho mientras recobras el aliento y cuando te veo más calmado te pregunto:
– ¿Quieres que siga?
– Lo que a tí te apetezca... – me dices de forma sincera.
– A mí me apetece seguir – te respondo sonriente.
– Pues entonces sí – respondes. Luego añades más bajito – Y más si lo haces así...