Eres muy tímido, como un animalito al que hay que tratar con movimientos lentos para no asustarlo. Eso me saca de mi zona de confort de la conquista, yo que siempre he abogado por lo directo y la iniciativa. Pero contigo es diferente, todas las señales me indican que te gusto, pero no quiero asustarte con un movimiento brusco. Así que espero paciente una señal más fuerte. Te invito a mi casa, y ponemos una película después de la cena. En el transcurso, te noto acercarte un poquito. A veces apoyas la cabeza en mi hombro. Ponemos la segunda película, una más ligera que nos quite el peso y el mal rollo de la primera, mal elegida. A veces apoyo la cabeza en tu hombro, y dejas caer la tuya encima. Noto tu brazo colocado en una posición poco cómoda, extendido en un lado. Decido extender el mío, y acerco poco a poco mi mano a la tuya a cada rato. Acaba la peli y apenas he conseguido rozarte los dedos. Esta lentitud me tiene en vilo, es una sensación que no conocía, un tipo de paciencia que no tengo entrenada. Ponemos una tercera película, y cuando consigo tocarte mejor, veo que me respondes, atrapando mis dedos entre los tuyos. Me encanta el tatuaje que te cubre la mano. Me acaricias las yemas, y a ratos giro mi cabeza de tu hombro y te rozo la cara con la nariz. Pero nos estamos quedando dormidos y no noto respuesta en tí, ni el ansia del primer beso. Finalmente nos entregamos al sueño, ya son más de las 6 de la mañana. A ratos me despierto, y me recoloco mejor para acercar mi culo a tu entrepierna. Me abrazas, pero nada pasa. Nos despertamos con tu alarma, bien entrada la mañana. Desayunamos un poco de tarta de queso, pero te tienes que ir. Coges tu chaqueta de colores y tus cosas, y te abrigas. De pie en la entrada, pienso que si no te beso ahora, se me escapa la oportunidad. Te despides de mí, me abrazas, y después de ese abrazo me das un beso en el cuello y otro en la mandíbula. Recojo eso como mi señal, y te beso en la boca. Nos besamos un par de minutos. Nos separamos y te quejas por tenerte que ir ahora. Me das un par de besos fugaces y sales de mi casa. Mientras tanto, yo me quedo en casa, encendida y arrepentida de no haberlo hecho antes.
Quedamos un segundo día para dar una vuelta por el centro. Mala idea, demasiada gente. Después de un rato sorteando la marabunta, me propones ir a tu casa. Pensaba que vendríamos a la mía, la tuya está muy lejos, pero acepto porque no quiero ver otra oportunidad desperdiciada. Una vez que llegamos, pedimos una pizza y ponemos (otra vez) una película. Me quedo dormida y me despierto justo para ver el final, mientras que veo que te has quedado en una postura incómoda solo para no despertarme.
– Te veo agotada, ¿quieres que nos vayamos a la cama?.
– Sí, mejor. ¿Me prestas una camiseta? La que llevo no es muy cómoda para dormir.
Me das una camiseta que me cubre hasta medio muslo para usar como pijama y me quito los pantalones para quedarme solo con el tanga como parte inferior. Espero que esto sí haga efecto. Nos metemos en la cama, me abrazas y me besas. Me acerco a tí y te noto más excitado cuanto más me pego. Te quitas los pantalones que te acabas de poner hace unos minutos:
– Me gusta que estemos en igualdad de condiciones – dices mientras me acaricias todo el cuerpo.
Un rato después estamos los dos por fin desnudos y la cama húmeda de nuestra excitación. Te pones un condón y me la metes. Normalmente no me gusta ir directamente a la penetración, me parece una parte poco divertida y sin mucho misterio, pero llegando tantos días de "quiero y no puedo" lo estaba deseando. Y entraba como un cuchillo caliente en mantequilla. Gimes mucho, eso me gusta porque que hace sentirme muy deseada, erótica y poderosa. Después de follar un rato, me indicas que me tumbe a tu lado.
– Yo no creo que me corra hoy – me adviertes – me resulta difícil y me dan vergüenza las primeras veces. Pero eso no quiere decir que tú no vayas a disfrutar. ¿Qué puedo hacer?
Te indico que me masturbes y me gusta bastante más que lo que hemos hecho hasta el momento. Cuando acabo, me tomo un momento para respirar y me dirijo a tu entrepierna con intención de comerte. Me frenas y te excusas, diciéndome que llevas todo el día fuera y que has sudado y blablabla... Me da igual. Te quito el preservativo que aún llevas, te aprieta más de la cuenta y ha dejado un poco de marca. Me la meto en la boca y succiono, con una técnica que me he empeñado en mejorar durante estos meses que llevo soltera. Debe ser que lo estoy haciendo bien, porque gimes mucho y muy alto, intercalando a "Dios" con "joder", llegando a un punto en que parece que vas a romper a llorar.
– ¿Estás bien? – paro y levanto la vista hacia tu cara, y te veo tapándote con un cojín.
– Sí, sí. Déjame respirar un rato, que estoy hiperventilando.
Pauso la actividad y me siento sobre tus piernas. Te acaricio el pecho mientras recobras el aliento y cuando te veo más calmado te pregunto:
– ¿Quieres que siga?
– Lo que a tí te apetezca... – me dices de forma sincera.
– A mí me apetece seguir – te respondo sonriente.
– Pues entonces sí – respondes. Luego añades más bajito – Y más si lo haces así...