Me he comprado pantalones nuevos. La ansiedad me ha dejado con tres tallas menos y vuelve a notarse en mi cadera el hueso que tanto me gusta que me muerdan. A veces lo toco al despertarme, con el estómago vacío es más prominente. Lo toco mientras te pienso y me vienen flashes de la noche del otro día, cuando me apretabas la palma de la mano ahí, sin saber lo mucho que me enciende.
Tú besándome con urgencia en aquel bar. Tirando de mí con los dedos enganchados a las trabillas de mi pantalón, para que notara tu sangre.
Tú lamiéndome el cuello en tu portal, buscando a tientas la cerradura de tu piso.
Tú sentándome en tu cama, agarrándome el cuello con firmeza calculada, mientras yo notaba el frío metal de tus anillos hundiéndose suavemente en mi yugurlar.
Tú desnudándome, travieso, sonriente, adorador, sexual.
Te relames y dejas ver el hueco entre tus dientes, gruñes y aprietas un poco más. Lo justo.
Tú bajándome los pantalones, pero dejando la ropa interior que ya está considerablemente húmeda porque cada poro de tu piel exuda sexo. Eres lo más excitante que he visto en mucho tiempo.
Posas la mano en mi bajo vientre, me pasas el calor. Mides mi temperatura mientras jadeo y te pido por favor que hagas lo que quieras conmigo. Acaricias mis labios y rozas suavemente, casi sin querer, mi clítoris. Entonces me recorre un espasmo y abro aún más las piernas, invitándote a entrar, suplicando que lo hagas. Y metes dos dedos mientras sigues haciendo lentos movimientos con el pulgar por fuera. Gimo. Me miras y sonries, burlón. Me da vergüenza que tengas ese poder sobre mí, y me sonrojo y escondo la cara en la almohada, pero levanto un poco la cadera para indicarte que sigas.
Sigues mientras me observas desde arriba, te cae el pelo sobre la frente, tienes la boca entreabierta, los labios carnosos, la mirada ardiendo. Deseas que me corra, pero aún no quiero, y te pido que te acerques para sentir tu piel, que te hundas en mí hasta el fondo, que me dejes estar arriba.
Esa sensación indescriptible, extremadamente placentera, de plenitud, de llenar un vacío cuando te deslizas poco a poco en mí, sin resistencia, sin dificultad. Inclinas la cabeza hacia atrás y abres más la boca, me miras, jadeas y me atraes hacia tí rodeándome con tus brazos, mientras bailo con movimientos oscilantes sobre tí, contigo dentro. Me pierdo en mi subconsciente, con la mirada vidriosa. Tengo todas mis terminaciones nerviosas a punto de explotar de gozo.
Me coges y me das la vuelta, de rodillas en tu cama, con la cara contra la almohada y el pecho con los pezones rozando el colchón. Vuelves a meterte en mí, mientras con una mano agarras mi coleta y con la otra mi culo. Me toco al ritmo al que me embistes, y llego al orgasmo medio minuto antes que tú. Mis músculos se contraen y se relajan en varias oleadas de placer. Caes sobre mí y recuperas el aliento, aliviado. Me quedo en duermevela mientras me acaricias el pelo, estoy mansa, aplacada.
Haces que todas las mañanas te recuerde y manche mis sábanas.