Ahí llegamos. Tú y yo, sin conocernos, pero habiendo reconocido algo en nuestros ojos que nos decía que nacíamos del mismo fuego. Que nos gustaba la cocción lenta.
La luz tenue, anaranjada y titilante, nos acompañaba en el descubrimiento. Me besaste pausadamente, sin avidez. Me quitaste la camiseta, suave, como el que descubre un tesoro y deja que le deslumbre. Te desabroché la camisa y se saltó un botón. Nos miramos y nos reímos; inocentes, ingenuos, vergonzosos.
Me tumbaste con delicadeza pero firme, de manos gruesas, mientras te percatabas de un antifaz negro en mi mesilla. Lo cogiste y me tapaste los ojos, mientras agarrabas mis dos manos juntas por encima de mi cabeza, para evitar que te tocara. Desabrochaste mi pantalón mientras me besabas, esta vez con la decisión del que sabe lo que hace. Me prohibiste bajar los brazos y comenzaste a lamerme lentamente en un camino que recorría mi torso: cuello, clavícula, pecho, axila, costillas, vientre, ombligo, cadera (uf, ¡la cadera!). Me quitaste los pantalones pero me dejaste el tanga negro de hilo que había escogido deliberadamente para tí esa noche. Invertiste el recorrido por el lado izquierdo de mi cuerpo y temblé de placer. Lo notaste e hiciste pausa para respirar en mis pezones, mientras apoyabas la mano con presión en mi vulva. Aceleré mi respiración. Volviste a bajar por mi cuerpo, esta vez con suaves bocados, insistiendo en mis caderas. Luego pasaste la lengua bajo el hilo del tanga, para engancharlo con los dientes y comenzar a bajarlo, destapando mi sexo como el que destapa una hogaza de pan recién hecho: sin querer que se le vaya el calor, disfrutando el aroma y pretendiendo que nadie más lo vea para que no te pidan un trozo.
Llegados a este punto casi podría afirmar que un solo lametón habría bastado para que me corriera. Pero no quisiste comprobarlo y me dejaste suplicante, jadeosa. Me acariciaste desde los tobillos hasta la clavícula, varias veces. Y luego bajaste y hundiste la nariz en mi vulva, y la recorriste, empapándote, en un suave movimiento de abajo arriba. Y gemí. Y me estremecí. Y me sacudió un arco de placer. Siguió tu lengua y luego tus dedos ahondaron en mí, fuertes, mientras lamias en círculos.
Llegó el orgasmo como un tsunami, arrastrándome, arrasando con cualquier muro que hubiese construido hasta ahora, limpiando mi cuerpo de escombros.
Y al bajar la marea, volví a descubrirme: ahí estaba yo, de pie, desnuda y sabiendo que no es que fuera una superviviente.
Es que había vuelto a renacer.