Me miro al espejo y me siento bien con mi cuerpo. Hace un par de días que dejé atrás la incomodidad y la hinchazón de la regla, y comienza esta semana de subidón preovulatorio.
Observo mi reflejo mientras bailoteo y muevo el culo al ritmo de la música, me siento sexy con esta camiseta nueva que deja ver las tiras cruzadas del sujetador sobre mi pecho. El pelo me cae sobre los laterales de la cara, haciéndome parecer más inocente, mientras que el resto de mi cara, con los ojos afilados en negro dicen lo contrario.
Estoy contenta y llena de energía sexual después de nuestro inesperado encuentro del fin de semana. Iba sin muchas expectativas, no sabía si ibas a ser demasiado pedante para aguantar varias horas contigo. Y sin embargo me sorprendiste mientras jugábamos a un juego de cartas que pretendía ser picante sin conseguirlo del todo. Aún así me dió contexto para saber por donde podía empezarte. Cuando salimos del local a fumar, me besaste. Ya habías dejado claro que ese era tu deseo, y yo estaba conforme con ello. Me entregué al beso y me agarraste más cerca. Hacía frío en la calle, pero ya no lo notaba casi. Sin embargo sí notaba cómo se quedaban sin espacio tus pantalones, y sentir tu deseo acrecentaba el mío.
Nos fuimos a mi casa parándonos por el camino a meternos la lengua contra las paredes de la calle Palma. No había prisa, total, el metro ya llevaba un par de horas cerrado. Un Cabify bastante caro después, subimos por mi portal y nos quitamos los abrigos. Nos quedamos en el recibidor besándonos, de pie, como poniendo en contexto nuestros cuerpos, mientras se presentaban y adaptaban el uno al otro. Es difícil cada vez que hay alguien nuevo, borrar todo lo anteriormente aprendido. Y últimamente me pasa mucho.
Ahora tenemos dos caminos: el salón o el dormitorio. Ambos tienen la luz encendida, invitando a entrar. Decides que vayamos al dormitorio, y como siempre, pienso que tengo sentimientos encontrados: me encanta el espejo gigante frente a mi cama, pero ésta hace un ruido exasperante que distrae del movimiento. Intento no pensar en ello, mientras me tumbas suavemente, como si me fuera a romper, sobre el nórdico púlcramente estirado. Me gusta la dulzura con que estás haciéndolo todo, atento pero sin llegar a cursi.
– ¿Tengo las manos demasiado frías? – me preguntas mientras las apartas de mi cintura al notar mi estremecimiento.
– Para nada, era un escalofrío de placer – respondo, mintiendo un poco.
Tras esta pequeña pausa, asientes complacido y continúas acariciando mi cuerpo. Te entretienes en las caderas, eso me gusta mucho, y te lo hago notar. Me besas y te tumbas encima de mí, apretando tu sexo contra el mío, oscilando muy suavemente. Me está encantando, y por una vez, me permito disfrutarlo sin apresurarme. Nos desnudamos mútuamente, y dejas al descubierto todos tus tatuajes. Estás más bueno de lo que pensaba en un primer momento, la ropa que llevabas no dejaba verlo bien.
Te haces de rogar mientras me acaricias acercándote cada vez más a mi vulva, pero sin tocarla. Cuando notas que la excitación ya brota de mí y resbala por mis piernas, me masturbas. Y yo me arqueo, gimo, jadeo y te dejo hacer. Aunque se que aún estoy lejos de correrme, estoy disfrutando muchísimo del camino.
Me agacho a abrir el segundo cajón de la mesilla para coger un condón y ponértelo. Quiero cabalgarte un rato, mirarte a la cara mientras te deshaces de placer y ver esa expresión de casi éxtasis con que me veneras. Me regalas tu fe por unas horas, acumular esas miradas en mi recuerdo y sentir el poder que se me otorga es una de mis cosas favoritas.
Me inclino un poco más hacia tí, para besarte mientras te monto. Pongo una mano en tu pecho para equilibrar mi cuerpo tembloroso, vuelvo a incorporarme y sigo moviendo mi cadera. Apoyo la otra mano en la almohada, no quiero dejar caer todo mi peso en tu pecho para no aplastarte. Pero me la coges y la colocas junto a la otra, precisamente lo que quieres es sentirme caer encima tuya, que mis 63 kilos se concentren en tu tórax y te cueste un poco respirar. Jadeas inmerso en el placer y el baile. Seguimos así un rato más, y luego cambiamos de postura. Tras varias otras, me pones a cuatro patas y justo antes de que la metas, te digo:
– Espera, así no. Igual pero al revés. Pongámonos hacia el otro lado, quiero vernos en el espejo.
Cambiamos nuestra orientación y me follas mientras masturbo mi clítoris con los dedos. Te asisto moviendo mi pelvis en círculos mientras oscilo adelante y atrás. Un rato después, te indico que te tumbes para comértela, y descubro que te encanta cuando muevo mi mano por tu glande. Me pone muchísimo ver tus ojos verdes casi en blanco. Comienzas a masturbarte tú, y yo hago lo mismo conmigo. Veo que estás cerca, y yo también quiero llegar ya. Estoy tan inmersa en mi propio placer que no me doy cuenta de que te corres, porque sigues jadeando para animarme al orgasmo. Y finalmente sucede.
Me desplomo sobre tí y me mancho de tu semen. Tras unos minutos para retomar la respiración, te levantas a buscar algo con lo que limpiarnos los fluídos. Me levanto también y nos limpiamos. Te tengo en frente. Te miro, acalorada, y te acercas a mí. Me das un abrazo cálido, inesperado, como si supieras cuánto lo necesitaba en ese momento. Me pilla de sorpresa y me yergo un poco, pero dos segundos después dejo que tu calor penetre en mí y me derrito en tus brazos, disfrutándolo.