Después de nuestro primer e inesperadamente exitoso encuentro (en el que el juego de preguntas al que nos estábamos sometiendo te regaló una carta especial "elige la ropa de tu acompañante para la siguiente cita"), decidimos volver a quedar. La tarde de antes de esa segunda vez, me acordé de la carta y te propuse jugarla. Aceptaste, juguetón, y navegaste por las categorías de ropa que te iba lanzando, hasta llegar a la interior:
- Ninguna sería divertido 👀...
- Mejor lo dejamos para verano, ¡teniendo que llevar medias pierde gracia!
- Tienes razón, pues ¿cuáles son mis opciones?
Después de un rato, finalmente escogiste un tanga negro liso y un sujetador tipo corset con una amplia linea de corchetes, que tanto tú como yo sabíamos que no sería impedimento para luego quitarlo.
El día de la cita, decidí ponerme además la cinta negra de raso en la coleta, a modo de lazo, para usarlo luego. Llevaba todo el día inquieta en la oficina, sabiendo que en tu primera mirada hacia mí en la parada de metro, sabrías todo lo que llevo puesto. Imaginaba que esto te mantendría tan excitado como a mí durante tu mañana, y pensar esto hacía que me excitara aún más. Habías propuesto como lugar de encuentro una exposición que parecía interesante, y que se me antojaba un buen contexto para dar calidez a nuestras intenciones. Después de la expo, fuimos a tomarnos unas cervezas y comentarla, y después decidimos tomar rumbo a mi casa.
Mientras recogía en la cocina los restos de la cena y del vino, te acercaste a mí, me quitaste el vaso de la mano para apoyarlo en la encimera de nuevo, me agarraste de la cintura y me atrajiste hacia ti, mientras te apoyabas sobre la pared de azulejos blanca. Me diste un beso muy profundo, mientras tus manos acariciaban por debajo de mi jersey ese sujetador que habías elegido para mí. Estabas deseando verlo.
Tras unos minutos de precalentamiento, me propusiste pasar a la cama. Te llevé de la mano, y erguidos en el colchón sobre las rodillas, nos seguimos besando y acariciando. Nos turnábamos: yo te quitaba la sudadera, tú me quitabas el jersey, yo te quitaba la camiseta, tú me la quitabas a mí, yo te quitaba los pantalones, tú me quitabas las medias. Aún llevaba la falda, el corset y el tanga negro de algodón. Me acariciabas con una mano el pecho, como absorbiendo la suavidad de satén de la pieza que llevaba, y con la otra el culo por debajo de la falda. Me giraste la cara hacia el espejo grande de los pies de mi cama, para que te viera explorar todos mis rincones. Después me diste la vuelta, me subiste la falda para que apoyara mi culo en tu entrepierna (aún con tu ropa interior) mientras desabrochabas uno a uno los corchetes de mi sujetador, lento pero preciso, y a la vez me lamías el cuello. Ver esa escena reflejada, con la luz cálida de fondo, todo tú entregado a mi placer absoluto me hacía chorrear. Me tumbaste y me quitaste la falda, para tumbarte encima de mí y seguir besándome mientras te frotabas. Estaba tan sumamente empapada y llevaba tanto rato rozando el placer, que llegué al orgasmo en muy poco tiempo.
Mientras recuperaba la respiración, me bajaste el tanga que aún llevaba y te deshiciste de tus bóxers. Duro como una piedra, te metiste en mí mientras me tocabas aprovechando toda la lubricación que ya estaba esparcida por los recovecos de mi vulva. Después, me diste la vuelta y seguiste embistiéndome. Me acariciabas mientras la espalda, a veces me agarrabas del pelo y luego del culo. Te hice un gesto que indicaba que te tumbaras para cabalgarte yo. Me cogiste la mano y me la pusiste en tu cuello. Apreté suavemente y pude ver tu cara de placer. Acercaste tus dedos a mis labios, e intuitivamente los introduje y los chupé. Un gemido salió de tu boca y erguiste la cadera para que el movimiento estimulara mi clítoris. Ahí volví a correrme. Saliste de mí y te pusiste a mi lado mientras me acariciabas todo el cuerpo con adoración y dijiste:
- Joder, no sabes lo mucho que me pones.
Te masturbabas con una mano y con la otra me tocabas el pecho. Te corriste en mi abdomen, cerca del ombligo, y exhausto y lleno de sudor te tumbaste conmigo un rato antes de limpiarnos.