Esa noche ya no pensé mucho en ti, y bailé con el grupo, me bebí varias copas y me invitaron a varios chupitos que no pude rechazar. Después me lié con el único que aún bailaba decentemente de la cuadrilla, salimos de la sala cuando la cerraron a las 7 de la mañana y cogí el metro de vuelta a casa. Me acosté, reventada, borracha y satisfecha por haber pasado una buena noche. Cuando me desperté pocas horas después, resultó que tú habías hecho el mismo trabajo que yo cuando te despediste, y también habías buscado mi perfil. “Solicitud de seguimiento” en notificaciones, aceptada por supuesto.
Varias charlas sin mucha sustancia después, te invité a seguir hablando con una cerveza por medio. Aceptaste, visiblemente halagado y quedamos en un bar de Lavapiés cerca de tu casa. Cada poco tiempo, poniendo como excusa cualquier movimiento, nuestras sillas se iban acercando. Podía notar la tensión, como dos imanes a los que juntas cada vez más hasta que finalmente se pegan inevitablemente. Ese era nuestro destino esa noche. Nos miramos unos instantes, dejando que el magnetismo nos imbuyera, y nos acercamos lentamente el uno al otro. Podrían haber saltado chispas entre los pocos milímetros que separaban tus labios de los míos mientras levantabas la vista de mi boca para mirarme a los ojos antes de besarme. De repente, Lavapiés estaba vacío y quieto. Todo se paró a nuestro alrededor en ese beso que duró a la vez tanto y tan poco. Una sensación me recorrió desde la punta de los dedos de los pies hasta el último pelo de la cabeza. Una sensación que había descrito vaga e inexactamente como “mística” cuando comentaba con algún amigo cercano la posibilidad de tener sexo contigo y por qué te me hacías tan atractivo cuando objetivamente no eres guapo. Me llevaste de la mano a tu casa, mientras el barrio continuaba quieto en otro plano. Notaba los callos de trabajar y escalar, y sin embargo no se me antojaba para nada áspera ni desagradable.
Entramos en tu dormitorio, cálido y acogedor cómo esperaba, con cierto olor a clavo y especias. Una alfombra presidía el centro de la habitación, y relegaba la cama a un segundo plano. De pie en el centro, me quitaste la camiseta y los pantalones, despacio, con dulzura, cuidado y admirando cada centímetro de piel que desnudabas. Me dejaste el top semi deportivo que llevaba como sujetador y el tanga. Hiciste lo mismo con tu ropa y descubrí que el tatuaje que te sobresalía del brazo te cruzaba también el torso, como si de una cruz gigante se tratara. Te sentaste en la alfombra en posición de loto, y me indicaste que me sentara encima tuya de la misma forma. Tus manos me acariciaban sin casi posarse sobre mi piel, generando una electricidad que no había sentido hasta el momento: recorrían mis hombros, mis brazos, mi cintura, mis caderas, luego volvían a subir lentamente por el abdomen, el pecho, un par de dedos por el cuello y tiraste de mi para besarme. Nos besamos mucho rato, con la ropa interior aún puesta, mientras hacía pequeños círculos con mis caderas para rozar mi pubis contigo. De repente, el movimiento comenzó a ganar por inercia mayor velocidad y sincronización entre nosotros, hundiste la cabeza entre mi cuello y mi clavícula y liberaste las manos de mi pelo para sostener y asistir en mi culo el movimiento. Notaba que estaba cerca de correrme, pero que no era un orgasmo normal. Sentía energía acumularse desde el final de mis extremidades, y cuando llegó el clímax, desencadenó una oleada de placer que se extendió por todo mi cuerpo y que no dejó ni un pelo sin erizar.
CONTINUARÁ…