jueves, 1 de agosto de 2013

Sueño II

Allí estaba ella.
Imponente. Decidida. Salvaje. Explosiva como un arma de destrucción masiva. Dispuesta a todo.
Pisaba fuerte, y para eso llevaba tacones. Irrumpió en aquel bar como esa tormenta que se lleva la calma.
Tenía las piernas abiertas y la sonrisa estirada, mientras sus ojos de almendra gritaban "aquí estoy, y no quiero irme con las manos vacías".

Se sentó en la barra y miró al camarero como la que lleva días sin beber, con una sequía que no calmaba el agua. Con una sequía de desierto. Llevaba una cerveza en la mano, aunque no sabía muy bien cómo había llegado a cogerla. Su pequeño oasis dorado, su ámbar de nubes espumosas.

Sonaba de fondo Diana Krall, y en su cabeza sólo escuchaba las palabras "Stop this world". Nada le parecía más adecuado. Nunca había estado muy segura de nada, y menos de sí misma, pero esa noche llevaba un pintalabios rojo. El piano la hacía estremecerse con cada nota, y una sensación de calor le recorría la columna vertebral. Se inclinó hacia el camarero y le susurró la canción al oído con una voz que ni ella sabía que tenía.

- Stop this show, hold the phone. Better days this girl has known. Better days so long ago.

El bar estaba vacío y oscuro. Ya sólo quedaba el borracho de turno anclado a la barra.

- Vamos a cerrar - anunció el camarero.

El borracho se levantó de mala  gana y arrastró su cerveza hasta la puerta.

- Vamos a cerrar, señorita -repitió. La miraba con miedo, evitando un cruce con sus ojos de miel.
- Yo acabo de abrir -respondió ella tranquila. - ¿Por qué no bailas conmigo?
- Ehh, no, no se me dan bien los bailes...
- En ese caso déjeme cantarle un poco.

Sentó al camarero en una silla y se inclinó frente a él, para estar a la altura de sus ojos. Comenzó a cantar Oh Boy mientras unas lágrimas rodaban por su mejilla y poco a poco se desabrochaba la camisa.
Para cuando acabó la canción, ya sólo le quedaban los tacones, y unas medias que serían la envidia de cualquier hombre, por poder agarrarse a sus piernas. Se acercó al camarero y le quitó la camiseta.

- Ni siquiera me has dicho tu nombre -musitó él.
- Ponerle nombre a las cosas es dominarlas. El mayor miedo de toda persona es el miedo a lo desconocido. Lo inculcan desde pequeños. ¿Dónde quedaron los exploradores que viajaban por montañas en busca de parajes perdidos? ¿Dónde se esconden los piratas de siete mares, dónde sus cañones y sus tesoros? -y sus labios se acercaban peligrosos al cuello del hombre.

Entregados, descubridores. Secretos e íntimos, en aquella barra de bar donde ahora había otros líquidos. Despacio, lentos, haciendo esperar al placer. Ella, sus piernas, esos tacones que no había querido quitarse clavándose en la espalda de él. Y él, con todos sus músculos tensos, agarrando sus muslos con fuerza. Besaba el cuello de aquella mujer indomable, haciendo que su cabeza cayera hacia atrás acompañada de la cascada de su pelo ondulado. Y con cada gemido se clavaban más los tacones. Pero él sólo era capaz de sentir el cuerpo de aquella musa con cara de Lolita, que se aferraba a él con la fuerza de quién obtiene calor por primera vez en mucho tiempo.

Y después bebieron. Nadie sabe cuanto tiempo, ni cuantos litros.

Sólo estaban seguros de una cosa:

                                                   Estaban vivos.