Las ojeras eran bonitas.
Eran bonitas cuando tú eras causante
del cansancio de mis ojos.
Cuando su máxima era dormir
(o no dormir) contigo
y no se cansaban de (ad)mirarte.
Cuando se ruborizaban al verte
y entonces las partes bajas
de mis párpados se tornaban en morada.
Las ojeras eran bonitas cuando tú
hablabas sobre ellas.
Cuando no llevaban la carga de estar trabajando
y sólo tenían la obligación de estar contigo.
Las ojeras son bonitas si te cuelas en mi sueño
y me deseas buenas noches
aunque ni siquiera esté durmiendo.
Mis ojeras son bonitas si tus aviones aterrizan en ellas
para volver a enseñarles lo que es volar.
Y es que mis ojeras sólo son bonitas
si estás tú cerca
para crecerlas.