jueves, 27 de marzo de 2014

Relato ganador del 5º especial de relato erótico del bar Diablos Azules

Era uno de tantos camareros que habían pasado por mis ingles. Había tenido tantos, que ya podía descorchar botellas usando tan sólo mi entrepierna.

Aquella noche estaba tan sola... Se me había acabado el tabaco y ya sabes que ese es mi segundo vicio favorito. Me apoyé en la barra, a la espera de aquella cerveza de cortesía que suelen darte cuando llevas escote y cara de "me cabe todo el botellín". Sin embargo, él me miró y me dijo "voy a cerrar". Me moví inquieta en mi taburete y le respondí "yo acabo de abrir". Su cara de sorpresa me indicó que no estaba acostumbrado a ligar demasiado. Esos son los que más me gustan. Me incliné sobre la madera, con mis pechos reposando intranquilos, a la espera de sus labios. Entonces me apartó y me susurró "yo no suelo hacer estas cosas". Aquello me calentó aun más, así que le metí la lengua bien dentro de la oreja, ardiendo y deseosa de que él entrara en mí.

Derretido en escalofríos, me quitó aquella escueta blusa para dejarme al descubierto. Las medias se me bajaban solas, y aquel camarero resultó ser un descubrimiento. Cada caricia me quemaba la piel, me ardía en el pecho y me mojaba las bragas. Paró de repente. No podía soportar aquello, necesitaba que siguiera y cada vez estaba más caliente. Me preguntó por mi nombre. "Ponerle nombre a las cosas es dominarlas" le dije. Me quité el resto de la ropa que llevaba excepto los tacones. Entonces él me sentó en la barra, se agachó y comenzó a lamerme. Nunca había sentido algo así. Era tormenta sin calma, era apocalipsis y paraíso. Joder, era sexo. Le miré suplicante. "Por favor", rogué.

Y se hundió en mi. Mi vientre notó el empujón, y todo se volvió oscuro. Embestía, mientras le clavaba los tacones en la espalda y él clavaba en mí sus ganas. Arañaba sus hombros con cada gemido. Cada vez más fuerte. Cada vez más alto. Estaba llegando, y lo notaba, pero no era capaz de correrme. Era una tortura, un placer que no acababa de completarse, algo que nunca había cabido en mí. Fue entonces, cuando me bajó de aquella barra y me dio la vuelta para que mis pechos arasen la pared. Sus dedos manejaban mi clítoris a su antojo, mientras él me empujaba una y otra y otra vez.

Y entonces la luz. Dos orgasmos simultáneos que me empaparon las piernas y me hicieron temblar. Acabamos casi a la vez. Dejé en aquel bar las bragas, pues era imposible volver a usarlas. Me despedí y salí de allí. "Joder lo que daría por un cigarro ahora mismo" pensé.