Poeta del silencio,
lo llamaba yo.
La ausencia hecha línea,
que no verso.
Poeta quieto,
le decía yo.
El movimiento en una mirada,
el recuerdo.
Poeta sin voz,
pensaba yo.
Y sólo era Ulises
olvidando a Penélope
surcando a una sirena.
Y mientras entre telares
se teje el complejo de la espera
en constante rojo
el hilo que fue su sangre
pasa y tensa sus cadenas.
Pero Ítaca ya estaba hundida
y el mar destejió los restos
haciendo de su espuma,
una alfombra.