Esta es la historia de una puta a la que no le interesaba el dinero.
Ella se alimentaba de hombres con corazones más rotos que el suyo, y recogía los pedazos que sobraban para recomponer sus sentidos.
Y te costaba el mismo dinero un polvo con ella que un abrazo, pero no tenian el mismo valor desde luego.
Era puta por vocación. "Se nota por como besas que no dices que no a nada".
Sin embargo (pero a escondidas) llevaba en su monedero una foto de carnet que rezaba "aunque me acueste con cualquiera, sigo despertándome sin ti".
Y bueno, allí estaba ella, sentada, dibujando como podía con el humo, una sonrisa.
Había conocido muchos hombres y los había probado casi todos, aunque todo le parecia lo mismo.
Luego llegó él, con la resaca del que ha amado mucho y muy rápido, demasiado; y luego lo ha vomitado todo por la única salida que le quedaba: su boca. Y ella comprendió entonces por qué un beso es tan importante y por qué sus besos se grababan en los demás. Cuando tus besos llevan metralla, las astillas se clavan en la carne, y a ella le estaba pasando eso.
Y fue como un paréntesis de sol en otoño, la medicina para un enfermo crónico (no un placebo).
Y aunque no lo quería, le hizo el amor. Como una madre que no quiere engordar hace un pastel para sus hijos. No pidió nada a cambio. Le bastaba con poder olvidar durante un rato. Todo se muere cuando se olvida. Y al borde de su espalda estaba el olvido.
Él se aferraba al norte y ella le ofreció un poco de su sur. Así podrían ser mitades.
Eran dos corazones tras-tocados y a-dictos, dos almas libres en una jaula de semanas.
Fue un accidente provocado, un suicidio a duo, unas horas que duraron varias noches y un par de días.
Ella podía ver en sus ojos la locura del que sabe como amar y nunca ha sido amado. Y le recordaba tanto a sí misma que era como masturbarse.
Antes de irse, ella le dio un consejo:
- Nunca te enamores de una mujer que bebe tanta cerveza.
Y él se quedó con la certeza del que escucha a la experiencia, y del que no miente porque no tiene nada que perder.