Tengo un cuarto lleno de papeles inservibles
de celulosa mojada indigesta
y todavía sigo
sin poder describirte mis caladas.
En cualquiera de mis muros
permanecen aún las pintadas
que no dejan ver sus ladrillos.
Estoy llena de sentencias a vida o muerte,
condenadas por un cigarrillo que dejo caer
entre la ceniza de todo lo que podría ser.
Se repliegan
mis impulsos y se acallan
los amagos con el miedo
a salir corriendo.
Ahora toca desobedecer
todas las órdenes impuestas
y salir del marco de este garabato
vendido al mejor postor
como obra de arte
facto
que estalla en los márgenes
de todos mis cuadernos.
Dejar en blanco los folios,
romper todos los esquemas de borrón y cuenta nueva
que nos atan con tinta perpetua
a esta cárcel de paredes transparentes.
Consumir la vida
con sobredosis de locura no prescrita
sin recetas dictatoriales de promedio.
Desaparecer
dejando una nota con el humo
del último cenicero sobre la mesa
antes de que el polvo se confunda con las colillas.
Quemar los prospectos y las instrucciones
pues el único manual útil
es unir con los dedos las constelaciones
que forman tus lunares
entre mis besos.