lunes, 27 de enero de 2014

La historia de nuestro viaje

Fue una calurosa tarde de agosto. Escribía tumbada en la cama cosas sin sentido cuando escuché un claxon. Pero sentí algo que me obligó a mirar por la ventana. Y ahí estabas tú. Con un sombrero de paja y una furgoneta roja.
Sin pensarlo dos veces cogí un sombrero, un pantalón y una mochila y corrí escaleras abajo. Me monté rápido en la furgoneta, mi padre estaba a punto de llegar. Justo en el momento en que cerraba la puerta apareció, y salimos a toda mecha.
Había un mapa en la guantera. Un mapa del mundo. Mientras tú conducías desplegué el mapa sobre el salpicadero y lancé una moneda. ¡Cuenca! Pero Cuenca no nos gustó. Así que alargaste la punta del dedo hasta tocar el sur de la bota. ¡Italia!

Por el camino, recogimos a un autoestopista belga llamado Hans, cuyo chocolate disfrutamos. Hans era rubio y con rastas, y tenía una mandolina con la que todas las noches nos parábamos al borde de la carretera, a cantar los tres. Justo antes de llegar, Hans nos abandonó. Decía que él era un espíritu libre.

Llegados al sur de Italia, encontramos una pequeña isla, llena de calas desde las que se veían las puestas de sol más bonitas de toda Europa. Dormíamos en la furgoneta, y durante el día nos ganábamos la vida cantando en el paseo marítimo. Por la noche, nos bañábamos desnudos y bailábamos a la luz de la luna. Y después nos acostábamos durante horas en la arena y hablábamos sobre las estrellas.

Una de esas noches, cogimos nuestros teléfonos móviles y sin pensarlo, los arrojamos al mar. En ese momento, supimos que no íbamos a volver a casa.

Ahora, la gente dice que estamos recorriendo la India en furgoneta, aunque en realidad nadie lo sabe.

Explorando las carreteras más recónditas, durmiendo bajo los árboles más alejados del camino y haciendo las hogueras más calientes que se pueden hacer, sabemos que envejeceremos juntos. Y en todas partes, con una casa rodante y nuestro hogar que es allí donde esté el recuerdo, hasta el fin de los días.

Cuando en algún lugar de la Patagonia, mientras vemos las olas tumbados en una hamaca y cogidos de la mano, abandonemos el mundo terrenal como si fuéramos uno,
                                                                                           para hacer el último de los viajes.



Hagamos que los sueños se hagan realidad.