Quizás te parezca extraño, que te responda a estas horas
Lo hago sin embargo, porque se que no responderás.
Con las pocas fuerzas que me quedan, sólo puedo hablarle a tu buzón de voz.
Contigo sería demasiado doloroso.
No puedes pedirme ahora que conteste a tus llamadas,
no después de haberme pedido silencio.
No te atrevas tampoco a hablar de mi voz,
pues eres tú la única razón por la que sigue rota,
quebrada entre palabras que no me atrevo a pronunciar.
Hoy sólo me quedan unos pocos susurros
con los que estoy dispuesta a formar un ejército
por si decides volver a declararme la guerra.
Y créeme,
gritaré con ellos tantos versos como sea necesario
con el fin de destrozarte
o volverte a enamorar.
Pero ahora necesito recomponer los pedazos que dejaste
y para ello necesito creer que aún queda esperanza.
Esperanza de esperarnos
y cómo descolgar el teléfono y enfrentarme al miedo
de que me hables con indiferencia.
Si tan sólo existieran las palabras para describirte este dolor
te aseguro que ya habrías vuelto a oír mi voz.
Aún así, me temo que lo que me has hecho,
ni siquiera puedes llegar a comprenderlo tú,
que cometiste el crimen.
Por eso
y porque te espero,
no puedes pedirme que conteste a tus llamadas;
no si vuelves para no quedarte y sólo eres capaz
de preguntarme qué tal me va la vida,
dejando mi garganta sin cuerdas vocales para responderte.
Quizás te alegre saber que regresé a pie y pisé todos los charcos
imaginando nuestro naufragio en cada uno de ellos.
Quizás te alegre saber que imaginé que volvías
y me salvabas justo antes de quedarme sin oxígeno.
¿Para qué culparte, sin embargo, de que no lo hicieras?
Si fui yo quien se quitó el chaleco salvavidas para salvarte a tí.
Y soy yo quien sigue esperándote en aquella habitación.
Soy consciente de ello,
mi amor.
Consciente del riesgo que suponía enamorarse
de alguien que escribe.
De tí.
De tu voz.
Contaba con ello.
Pero sólo hasta tres.
Luego siempre abría los ojos y me convencía de nuevo de que tus manos estaban sedientas de las mías.
Y de que detrás de tus palabras, se escondían otras que decían todo lo contrario.
Así que hazme un favor: no vuelvas a llamarme. Porque ni siquiera tengo fuerzas para acabar este mensaje con un adiós.
Y lo último que necesito saber, es que tú si eres capaz.
Poema de Mónica Gae. ¿La última llamada?
http://www.youtube.com/watch?v=lkInWBnRwbE